sábado, 3 de marzo de 2018

El ascensor

Cuentan que, hace algunos años, un nativo medio salvaje de la Polinesia tuvo que ir a Nueva York, no se sabe muy bien por qué ni para qué. Y que allí, en la ciudad de los rascacielos, alguien trató de explicarle la utilidad del ascensor para resolver el problema del acceso a los pisos más altos. Parece que el polinesio no se entusiasmó demasiado…

En mi país tenemos resuelto ese problema desde hace mucho tiempo: colocamos los pisos uno al lado del otro, en lugar de apilarlos. En lugar de construir una casa de muchos pisos, construimos muchas casas de un solo piso.

ascensor perapalasLe explicaron que, en Nueva York, eso no era posible debido al alto precio de la tierra, más cara que el oro, como una consecuencia natural del progreso. “Pero, ¿usted sabe lo que es el progreso?”, le preguntaron.

—Sí, claro. El progreso consiste en crear dificultades para luego tomarse el trabajo de resolverlas. El progreso consiste en crear miopes para después fabricar lentes; en difundir enfermedades para que los médicos se entretengan en curarlas; en instituir el matrimonio para, luego, inventar el divorcio… El progreso es el ascensor.

Al menos por una vez, estoy de acuerdo con los salvajes de la Polinesia. No porque subir escaleras canse ocho veces más que caminar por una calle, sino porque el ascensor ha neutralizado al vecino y ha suprimido cotilleos, discusiones y broncas en los rellanos.

El ascensor ha puesto fin a las indiscreciones, flirteos y comentarios más o menos atrevidos entre criadas, mucamas, porteras, parteras, seguratas  y repartidores de pizza en mitad de la escalera. La portera vive en el piso 12 y pocos tienen algún trato con ella, aparte del “buen día, buenas tardes”. Todo el mundo toma el ascensor y pasa en vuelo vertical ante la vivienda ajena.

Sin ascensor o con él, se acabaron hace tiempo los préstamos urgentes de una taza de aceite o un tanto de sal o un puñado de garbanzos entre dos señoras viviendo puerta con puerta. Ahora, cada uno cruza ante la puerta de enfrente sin tener ni idea de quién habita dentro. Los vecinos de abajo ven a los de arriba como abducidos por el ascensor, sin saber nada más de ellos.

Resultado de imagen de gallinas sueltasEn la propiedad horizontal, suele bastar que un conejo se pase al jardín del vecino para desencadenar una réplica de la guerra de Troya. Cuentan que el dramaturgo francés Maurice Donnay fue advertido por su jardinero, presto ya a usar la escopeta, de que las gallinas de al lado venían a escarbar entre sus coles. El comediógrafo extendió algunos huevos por encima de sus propios parterres, de modo que su vecino pudiera verlos con facilidad. Cuando el colindante se percató de que sus aves tenían preferencia supuestamente— por las coles de Donnay para poner sus huevos, fue el propio vecino quien tomó las medidas necesarias para frenar las incursiones de sus gallinas.

Sostienen algunos, exagerando, que la mejor relación que se puede tener con los vecinos es ninguna, ignorarlos y hacerse ignorar. En cambio, si entre los inquilinos hay un médico o un abogado, es conveniente conocerlos siquiera superficialmente, para recurrir a ellos en caso de un ataque cardiaco o para obtener un buen consejo legal.

El vecino no está preparado para atender nuestras reclamaciones, así que, emulando a Dale Carnegie: “Si quieres recoger miel, no patees la colmena.


IMÁGENES: Arriba, el ascensor del mítico Hotel Pera Palas, inaugurado en 1895 en Estambul. Fue el primer edificio del Imperio Otomano en disponer de agua caliente, luz eléctrica, teléfono y ascensor eléctrico. El ascensor aún puede contemplarse con su preciosa estructura de madera y forja y la inconfundible flecha superior que indicaba los pisos a modo de reloj. Hace unos años me alojé en ese inolvidable hotel. Abajo, las gallinas en el huerto del Sr Donnay.

sábado, 17 de febrero de 2018

Nouvelle cuisine

Todos nos hemos encontrado alguna vez frente a la carta de ciertos restaurantes en la que los nombres de cada plato resultan difíciles de entender, como minipoemas o versos preciosistas, con un gran poder de seducción a través de las metáforas y la onomatopeya de cada término.

En cuanto a la capacidad descriptiva de estos nombres [1], eso es otro cantar. De hecho, en la mayoría de los casos, después de llenársele a uno la boca con semejantes descripciones y rebuscados sinónimos, la tendencia general suele ser la de esbozar una sonrisa y preguntarle al camarero “¿y esto qué es?”.

Creo que el caso de los nombres de los platos de la llamada nouvelle cuisine —casi nunca hay nada nuevo en la cocina—, es comparable, en cierto modo, con el de los nombres de muchas esculturas y sobre todo pinturas del arte contemporáneo, que tampoco se entienden muy bien a la primera.

Cocido caseroHace años, cuando se cocinaba un pollo con salsa de cebolla acompañado de una menestra de verduras, al plato se le solía dar el nombre de “pollo con salsa de cebolla y menestra de verduras”. Cuando en un cuadro se retrataba a un grupo de damiselas llamadas meninas, se optaba por algo tan sencillo y directo como “las meninas” [2]. Pero hoy no. En los tiempos que corren, los nombres son usados por algunos cocineros o maîtres o quienquiera que se ocupe de ello, como un elemento más dentro de la creación artística, cumpliendo en ocasiones la función de inducir a la sensación de algo, como si la obra —el plato, el cuadro o la escultura— no se valiera por sí misma para lograrlo.

En el caso de la comida, el nombre parece desempeñar una función descriptiva que no se presupone necesariamente en el caso de las obras de arte, ya que el arte, arte es, y a priori, casi todo es permisible. Que el nombre de un plato en una carta de restaurante haga alusión a todo menos a comida, es interpretable, y habrá a quienes les guste y a quienes no. Lo que está claro es que, con demasiada frecuencia, no aporta al comensal la información que necesita acerca de la composición de lo que pretende comer. Algo fundamental, teniendo en cuenta que, en lo que al paladar se refiere, para gustos están los sabores e incluso los colores y hasta los olores.

Si a mí me gusta el carpacho de ternera y las cerezas, yo prefiero que me anuncien un plato a base de estos dos elementos, como “carpacho de ternera con cerezas”, que ya es sugerente de por sí, a que lo hagan como “alegoría de vacuno laminado, engalanado con esencias de lágrimas rojas de primavera”, aunque, en este caso, tampoco lo vería demasiado mal. Lo que creo que no deba faltar en la carta es la información concisa y entendible, más allá y, si acaso, además del rebuscado ornamento.

Recuerdo una vez que, en Manila, en un restaurante local, me aventuré a pedir “hormigas caminando por un tronco de bambú”. La verdad es que no sé por qué lo hice, porque no tenía ninguna gana de comer hormigas. Me picaba la curiosidad por saber qué plato se escondía detrás de aquel absurdo nombre.

Afortunadamente, resultaron ser fideos de arroz con bastoncitos de bambú y minúsculas partículas de carne: ni hormigas culonas, ni antenitas, ni cabezonas rojizas, nada… Una decepción culinaria, vaya.

TortillaA veces me pregunto cómo se llamarían las recetas de mi abuela Dominica en un restaurante de la nouvelle cuisine. Una podría ser, por ejemplo: “redondo de camperos con secreto de cebolla y patatas pochadas” (léase tortilla de patata con cebolla). De otra escribiríamos “chispero castizo en tres actos”; o sea, cocido madrileño. Y otra, “licuado de pan añejo a la liliácea y rojo de La Vera”, digamos, sopa de ajo con pimentón.

Cuentan los ingleses que, para comer bien por allá arriba, hay que desayunar tres veces. Probablemente sea cierto: ellos inventaron la sobremesa para olvidarse pronto de lo que habían comido.

Que fish and chips y caracoles no es comida de señores.

IMÁGENES: Arriba, alubias rojas con arroz y cosas, made by Marichu. Abajo, tortilla de patatas con cebolla, un gran éxito del autor para deleite de cierta periodista paraguaya. (Fotos de FG)

[1] Quien tenga interés en conocer platos con nombres raros, curiosos o extravagantes, sugiero visite mi blog “Gastronosuyas del mundo mundial”. Gracias.[2] Como hizo Velázquez, por poner un ejemplo.

sábado, 3 de febrero de 2018

Argel, Argelia

Un capitán de la Algerie Ferries que conocí en el bar del Aletti —un esplendor del art déco y uno de los lugares más fascinantes de la capital argelina—, sostiene que, cuando el buque se va acercando a la bahía de Argel, el aire adquiere una fragancia peculiar, única en el mundo, mezcla de sal, de pino, de aceite de oliva y de flores.

Estoy desayunando en la terraza del hotel Saint George, construido sobre un antiguo palacio árabe-otomano, rodeado de un precioso jardín botánico. Admiro la disposición escalonada de la blanca ciudad por encima de la bahía, donde dos buques mercantes, reducidos en la distancia a proporciones mínimas, labran largos surcos en el mar de la mañana.

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Aspiro la brisa que viene del Mediterráneo, tratando de encontrar ese aroma de sal, pinos y aceite virgen del que habla el capitán, pero el aire de Argel no me sugiere nada. Solo le encuentro un olor desabrido y desagradable, impregnado de la peste que emana de los tubos de escape de viejos automóviles con motores mal regulados. Apenas el vergel que rodea la terraza tiestos de flores, cactus, palmeras enanas y laureles rosa— consigue disfrazar un poco el tufo-brisa que asciende por la ladera.

Me gusta Argel, pero me produce una vaga sensación de inquietud. Aquí, tótum revolútum, se tropiezan periodistas, policías, rufianes, traficantes de todo lo traficable, agentes de servicios secretos, funcionarios de la ONU, espías internacionales, rameras declaradas oliendo a pachuli y jóvenes novatas con aroma de kebab, unas y otras a la búsqueda de algún pollo medio borracho que llevarse a la cama. Es una ciudad desconcertante que siempre me ha sorprendido por las imprevisibles reacciones de los argelinos.

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Llegué en plena argelización de Argelia; es decir, las placas con el nombre de las calles, de los barrios, las indicaciones de tráfico, la rotulación de negocios de cualquier tipo y las cartas de los restaurantes —antes bilingües en francés y árabe debían redactarse, obligatoriamente, solo en árabe, y los funcionarios de cualquier nivel forzados a expresarse únicamente en ese idioma.

Una mañana, me dirigí puntualmente a la reunión que tenía convenida con un técnico de una Sociedad Nacional —las populares SONA algo—, con quien siempre me había entendido en francés. Pues bien, me pareció como si, de pronto, aquel hombre se hubiera vuelto imbécil de baba, olvidándose de la lengua de la metrópoli, misma con la que se había educado en alguna universidad francesa. Inútil tratar de que hablásemos en francés o incluso en inglés, suponiendo que no quisiera saber nada de sus antiguos colonizadores galos.

La Embajada de España me facilitó una traductora a tanto la hora, obviamente—, estudiante de etnología sahariana, simpática y un pelín revolucionaria, que se negaba a tomar un taxi y me obligaba a movernos en sucios y malolientes autobuses. Cuando protesté me dijo que allí no estaban aún para desodorantes, la muy guarra.

Nunca me he sentido más ridículo, hablando en francés a un tipo que me entendía pero simulaba no entenderme y la chica traduciendo su respuesta del árabe al francés, es decir, a un idioma que hablábamos perfectamente los tres implicados en aquella grotesca comedia. Tal vez funcionario y traductora concibieran aquello como “el no va más del progresismo y la revolución popular” o tal vez no, y estuvieran ciscándose para sus adentros en la puta madre que parió a los políticos salvapatrias que inventaron lo de la argelización del país.

Fuera como fuese, nunca me lo dijeron.


IMÁGENES: Arriba, Hotel Saint George, hoy Hotel El-Djazair, por aquello de la argelización. Abajo, Argel desde la bahía. En primer término, el Hotel Aletti, hoy Hotel Safir por idénticas razones.

sábado, 20 de enero de 2018

Noticias de un día cualquiera

Sin ninguna duda, como afirma Carlos Herrera, en España ya no cabe un tonto más. Nos caeríamos al agua o, alternativamente, alguno, para hacer sitio, debería salir huyendo hacia el norte, Pirineos arriba, llevando consigo ese virus tan nuestro de la estupidez, agresivo y temible como la peste. Así lo hizo un cierto personaje que ha logrado expandir su estulticia sobre un eje que discurre desde Irlanda y Bélgica y anega la Andalucía española. Esto es lo que hay.

Ayto DublinNos situamos en el Ayuntamiento de Dublín, donde han decidido izar la bandera catalana durante un mes en “solidaridad” con la ciudad de Barcelona, “condenando la represión y violencia perpetrada por el Gobierno español” (sic). La propuesta ha salido adelante con el apoyo del alcalde de Dublín, del partido nacionalista Sinn Féin, el antiguo brazo político del ya derrotado e  inactivo Ejército Republicano Irlandés (IRA, por sus siglas en inglés). Este grupo terrorista se enfrentó a los británicos durante casi 40 años, cobrándose la vida de 3.200 personas, la mayoría civiles —dos españoles en el atentado de Omagh en 1998, y dejando un rastro de unos 37.000 heridos.

Me parece de un cinismo perverso la “condena” a una violencia inexistente, supuestamente perpetrada por un gobierno europeo y democrático. Creo que, con ese historial, la exhibición de la estelada, con el apoyo de esa gentuza y al resguardo de tal morralla, les hace un flaco favor a los oníricos independentistas catalanes.

La matraca [1] independentista del día se cuece en el mismo corazón de la tontuna. Desde Bruselas, el beatle “Puigdemente” dice que a ver si “para comprar un endoscopio o un fonendoscopio hay que jurar la Constitución Española”. Como presidente de una autonomía debe jurar un estatuto redactado de acuerdo con las disposiciones constitucionales por lo que, jurando el segundo lo hace igualmente con la primera. No hace falta ser muy listo para saberlo. O tal vez sí: Que no hay campo sin grillo, ni tonto sin lazo amarillo.

Cataluña 2Debería aclarar este huido por qué no compró endoscopios y fonendoscopios con el dinero que le ha venido proporcionando el Gobierno Español quién, si no— o por qué asfixió a las farmacias catalanas dejándoles de pagar el año pasado medicamentos expedidos por más de 207 millones de euros o por qué se invirtieron 20.000 millones de euros en el llamado “proceso independentista” o por qué la Generalitat tuvo o tiene aún más de 200 cargos cobrando por encima del presidente Rajoy o el porqué de la compra millonaria de todos los medios de comunicación catalanes y algunos internacionales… [2]

Lo triste de esta aventura es que muchos españoles estamos ya más que hartos del dichoso process, deseando que se vayan, que formen su aldea vikinga y nos dejen en paz. A sabiendas de que, entre todos, tendremos que hacer frente a la deuda de 52.500 millones de euros que dejaría Cataluña al Estado Español, doble que la de Andalucía, por comparar.

Cataluña 3Aquella mañana del mismo día de autos —nunca mejor dicho—, prensa y telediarios abrían, en directo, con el comienzo de la vista oral a los 22 altos cargos de la Junta de Andalucía implicados en el caso de los ERE [3], donde el desfalco de este llamado “fondo de reptiles” se ha evaluado en unos 850 millones de euros. Canal Sur, la radio y televisión autonómicas, miraban hacia otro lado con la redifusión de un programa gastronómico y una entrevista sobre la cooperación con Palestina respectivamente. No faltaron comentarios y opiniones personales en directo, siempre en defensa a ultranza del PSOE [4] andaluz, como no podía menos de suceder.

Pero no se lo tomen muy en serio: “las noticias de hoy servirán para envolver el pescado de mañana.” (Walter Lippmann, más o menos)


IMÁGENES: Arriba, edificio del Ayuntamiento de Dublín, en Irlanda. Centro, carátula del comic Heart and Brain, de Nick Seluk, Andrews McMel Publishing, USA; obvio, lo de Cataluña Independiente es un añadido. Abajo, la noticia del millonario desfalco en un par de diarios españoles.

[1] Según el DRAE: “Importunación, insistencia molesta en un tema o pretensión”.
[2] Especialmente Financial Times y New York Times, que han perdido toda su credibilidad, al apoyar un proceso ilegal en un país democrático y amigo.
[3] ERE: Expediente de Regulación de Empleo. El caso más grave de corrupción en España, tanto por su enorme cuantía como por el número y posición política de los investigados.
[4] Partido Socialista Obrero Español.

sábado, 6 de enero de 2018

La historia de los Reyes Magos

De entre todos los personajes que rodean el nacimiento de Jesús ángeles, pastores, estrellas, mulas y bueyes—, los Reyes Magos siempre me han parecido los más simpáticos, cordiales y complacientes, acaso porque eran quienes, además de regalos, aportaban y mantenían viva la ilusión en aquellos inolvidables años infantiles.

Me parecían tres tipos admirables, viajando en la peor época del año, en pleno invierno. Me los imaginaba cruzando el desierto entre tempestades de arena, acampando en oasis escasos de agua para sus camellos, enfrentándose a aldeas hostiles donde alojar y alimentar a la cohorte de criados y escuderos que, como verdaderos reyes, deberían acompañarles. Sin embargo, al final de tan largo periplo, siempre aparecían impecables a nuestros ojos, con sus túnicas relucientes, turbantes como almendros en flor, camellos frescos y pajes resplandecientes.

Reyes Magos 1
El evangelio de San Mateo [1] es la única fuente bíblica que los menciona
sin especificar sus nombres ni su número ni su título de reyes— como ilustres viajeros en busca del rey de los judíos para adorarle, guiados por una estrella que los condujo hasta Belén. El evangelista se refiere a ellos con la palabra griega magoi, que significa magos o sabios, pero, ¿quiénes eran realmente?

Si fueron magos, considerando el origen de su viaje al este de Jerusalén —centro de la civilización—, se trataría de eruditos persas de la tradición zoroástrica, expertos en astronomía, medicina, magia y astrología. Sin embargo, el Salmo 72 [2] predice que “los reyes de Tarsis le traerán presentes y los reyes de Sabá y Seba le ofrecerán obsequios”.

Sus nombres y reinos estaban bastante oscuros, aunque, por el bien de una buena historia, deberían tener claras ambas cosas. Durante la Alta Edad Media, en el norte de Europa, un monje [3] los designó como Melchor, Baltasar y Gaspar, nombres cuyo porqué nunca llegó a entenderse [4]. La gente medieval no sabía muy bien quiénes eran estos personajes, ni estaban seguros de que fueran reyes o magos. Sin embargo, conocían que eran paganos, que seguían las enseñanzas de Balaam [5] y que trataban con demonios. No era bueno introducir “diabluras” en la escena navideña.

Reyes magos 2

Tal vez por eso, la historia de los magos no tuvo mucha aceptación en aquella época. De hecho, un mosaico del siglo VI, en Rávena (Italia), es casi la última vez que aparecen como eruditos, con un aspecto impecable, ajustados pantalones y gorras frigias de estilo persa.

La fuente más explícita —el libro de Set [6]—, dice que eran tres y que habían estado buscando una estrella, generación tras generación, desde la mítica Montaña de la Victoria, probablemente en Persia, donde Adán se había refugiado en su vejez con el oro, el incienso y la mirra expoliados del Edén. Estos tres dones simbolizaban, respectivamente, rey, Dios y mortal, ya que la mirra se usaba para ungir el cuerpo después de la muerte.

Es difícil suponer el fenómeno celestial que guio a los magos hasta Belén. Posiblemente fue una supernova o una conjunción de Júpiter y Saturno o tal vez un cometa. Empero, en el mundo heleno-romano, los cometas presagiaban muertes o desastres, nunca nacimientos. Sin embargo, los magos habían recibido instrucciones, según el libro de Set, de que una estrella particularmente brillante anunciaría la llegada de un niño y sabían que el niño era un rey [7].

“A los Reyes Magos les pedí un regalo: una hierbabuena para el desencanto” (María García Esperón).


IMÁGENES: Arriba, “El viaje de los Magos”, del pintor francés Jacques-Joseph Tissot (1836-1902). Abajo, mosaico bizantino del siglo VI en la iglesia de San Apolinar el Nuevo, en Rávena, Italia.

[1] San Mateo, 2, 1-12.

[2] Salmo 72, 10.

[3] San Beda el Venerable (673-735), Doctor de la Iglesia y monje benedictino en las abadías de San Pedro y San Pablo, en Wearmouth, y en la de Jarrow, en Northumberland, Inglaterra. En el tratado Excerpta et Colletanea, San Beda recoge así las tradiciones que llegaron hasta él: “Melchor era un viejo de setenta años, de cabellos y barbas blancas, habiendo partido de Ur, tierra de los caldeos. Gaspar era joven, de veinte años, robusto, y partió de una distante región montañosa, cerca del Mar Caspio. Y Baltasar era moro, de barba cerrada y con cuarenta años, partió del Golfo Pérsico, en la Arabia Feliz”.

[4] Es San Beda quien, por primera vez, escribió el nombre de los tres, con significados precisos que nos ayudan a comprender sus personalidades. Gaspar significa “Aquel que va a inspeccionar”, Melchor quiere decir “Mi Rey es luz”, y Baltasar se traduce por “Dios manifiesta al Rey”. Los tres representaban las tres razas humanas existentes, en edades diferentes.

[5] La historia de Balaam aparece en el Libro de los Números. De acuerdo con el relato bíblico, el rey de Moab solicita a Balaam que maldiga Israel a cambio de dádivas (22:5-7). Este consulta a Dios, el cual le niega el permiso (22:12).

[6] En el libro de Set, evangelio apócrifo muy comentado entre los estudiosos y marginado por la iglesia de Roma, se narra que los magos subían al Monte de la Victoria en cuya cima había una caverna, una fuente y un soto de árboles. Allí los magos se lavaban, oraban y durante tres días celebraban el nacimiento de Mitra, dios persa, indio y romano. “Este rito se celebraba cada año y los magos esperaban que la estrella apareciera mientras ellos estaban en el Monte de la Victoria”.

[7] Libro de Set: “En los oráculos de Histaspes, la estrella es el signo del Gran Rey prometido, que es Mitra reencarnado”.

Fuentes: The rule of three, Mateo 2, Salmo 72, Gloria de la Edad Media, El Colomí Missatger y Wikipedia.


sábado, 23 de diciembre de 2017

El abeto (Cuento de Navidad)

El valle del río Aragón, el que dio nombre al reino en 1035, está jalonado de abetos grandes y pequeños, jóvenes y mayores, que dan sombra y protección a los peregrinos que vienen de Francia por el Camino de Santiago. A mediodía de un solecito invernal, me senté apoyado contra el tronco del que me pareció el más alto de todos quien, parlanchín, me contó una parte muy notable de su vida.

abetos 2Comenzó diciéndome que, hace ya algunos años, fue un árbol joven y algo canijo, rodeado de otros mayores que le parecían grandes como montañas y que apenas le dejaban disfrutar del sol y le impedían reflejarse en el río. Se estiraba, retorcía sus ramas hacia lo alto y suplicaba a los mayores que se apartaran un poco, pero no le hacían ningún caso. En estas condiciones pasó varias primaveras, veranos y otoños hasta que un invierno más duro de lo habitual él y todos los demás abetos quedaron medio adormilados bajo una fría y espesa manta blanca de nieve.

Me contó que una tarde de aquel invierno despertó horrorizado cuando percibió que alguien le estaba sacudiendo con fuerza. Notó con mucho susto que lo arrancaban del suelo y, después de colocarlo en una maceta, lo llevaron a una casa muy muy bonita, donde enseguida le regaron unos niños que parecían muy contentos de estar allí con él.

abeto 1No sabía lo que pasaba, pero, poco a poco, se fue tranquilizando. Toda la familia se le acercaba con cajas llenas de cosas brillantes y cachivaches muy bonitos que le fueron poniendo sobre sus ramas. No entendía nada. Solo veía bolas, lucecitas, calcetines multicolores y cintas y estrellas y arañitas brillantes que le hacían cosquillas mientras las colgaban.

Cuando apagaron las luces, el abeto pudo verse reflejado en la ventana del salón y se quedó asombrado y encantado con su imagen: fulguraba y resplandecía lleno de luz y de colores. Nunca se había visto tan apuesto como entonces y, al parecer, todos en torno a él opinaban lo mismo porque le aplaudían y reían satisfechos. No en vano era la primera vez que se ponía un abeto por Navidad en aquella casa. Disfrutó muchísimo los días que estuvo allí, junto a la chimenea, rodeado de regalos y viendo tan feliz a la familia entera que le rodeaba.

Le hubiera gustado quedarse para siempre, pero al acabar la Navidad le despojaron de todos los adornos y lo sacaron de la maceta. Nuestro amigo se llevó un susto morrocotudo. ¿Qué iban a hacer con él ahora que la Navidad había terminado? Por segunda vez en su vida hizo un viaje en automóvil y, tras mucho, muchísimo rato, llegaron a un bosque lleno de abetos como él, ni demasiado grandes ni demasiado pequeños.

abeto 3

La familia con la que había pasado aquella su primera Navidad, le buscó un lugar estupendo, con una vista preciosa y, lo mejor de todo, con muchísimo sol, y allí lo plantaron de nuevo. El árbol, recibiendo toda la luz que necesitaba, creció y creció hasta convertirse en el gigantesco abeto con el que yo pasé un buen rato charlando. Me contó emocionado que aquella familia sigue visitándole cada Navidad y que a él le encanta verlos a todos a su alrededor, especialmente cuando los niños —ahora ya creciditos— lo abrazan y acarician su tronco con tanto cariño.

Me aseguró emocionado que nunca olvidará aquellos días y que, cuando supo que celebraban el nacimiento del Niño Jesús, le pareció que lo mejor de todo fue el inmenso regalo del amor y de la amistad entre los hombres.

Antes de irme abracé su tronco y le prometí que volvería a visitarle la próxima Navidad.


IMÁGENES: Creo que las de hoy no necesitan ningún comentario.

Existen varias posibilidades para disponer de un abeto con el que decorar nuestra Navidad:  (i) extraerlo con un buen cepellón de tierra para poderlo replantar pasadas las fiestas, aunque en algunas comunidades pudiera estar prohibido, (ii) comprar un abeto cultivado en maceta y que se pueda mantener todo el año como planta de interior o exterior, y (iii) la mejor de todas: comprar un árbol artificial.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Engreídos e ignorantes

Cuando uno hojea un periódico o una revista, los asuntos de interés son siempre muy parecidos: política, economía, sexo, accidentes, el tiempo, una novedad… Los mismos temas repetidos una y otra vez, porque la naturaleza humana no cambia de modo sustancial.

Sin embargo, la ciencia sí lo hace, aportando innovaciones, una tras otra, que alteran el mundo y nuestras vidas de manera irreversible. Lo dijo Steward Brand [1] y es una reflexión muy del gusto de los periodistas científicos: “La ciencia es la única noticia. El resto son sucesos, anécdotas y cotilleos”

big_bang-350x236Hace bien poco vivimos uno de esos raros días en los que una noticia científica se cuela en las primeras páginas de los periódicos y en los informativos de la tele. Seguramente, ya habrán oído hablar de ello: va sobre el big bang y el origen del universo. Poco más entendería el lector medio, casi siempre ajeno a estas cuestiones. Empujados por la singular importancia del suceso, los tertulianos se vieron obligados a comentarlo en los medios, y la mayoría no supo ni por dónde empezar. Lastimoso.

El descubrimiento es, efectivamente, de excepcional relevancia: hemos visto la primera “foto” de la onda expansiva del big bang 13 800 millones de años después. Pero es extremadamente difícil de comprender cómo ha sido posible hacerlo porque, para empezar, se necesita cierta formación previa, que los medios ofrezcan información rigurosa y simple, y que los lectores empleen tiempo y esfuerzo para entenderla. En este país —y en otros muchos— carecemos de las tres cosas.

bigbang 2Los tertulianos de la radio pública se mofaban de no haber comprendido ni una palabra de lo que decía el físico que, unos minutos antes, había intentado explicar el hallazgo. “¿Alguien ha entendido algo? Mejor hablamos de otra cosa”, reían. El problema de este país no es la ignorancia ni la falta de cultura científica, que también: lo grave es que hagamos alarde de ambas carencias. No conozco a ningún científico que se jacte de no haber visitado nunca un museo o de no haber leído a Cervantes o escuchado a Mozart, pongo por caso. Pero es alarmante la cantidad de gente que, cuando se habla de ciencia, responde “no entiendo nada de eso ni me interesan esas cosas” y aún más alarmante que esa lamentable reacción esté socialmente aceptada a casi todos los niveles.

Porque una sociedad mal informada sobre política o economía no puede ser libre, pero una sociedad no informada en absoluto sobre ciencia será esclava de avances que no podrá valorar ni comprender. Como decía Carl Sagan [2], “el drama de las sociedades modernas es que son exquisitamente dependientes de la ciencia y la tecnología, pero nadie tiene nociones aceptables —ni puñetera idea, añado por mi cuenta— de la una ni de la otra”.

bigbang 3Aunque nos cueste creerlo, casi 83 millones de habitantes americanos desconocen que la tierra gira alrededor del Sol. Un descubrimiento propuesto por el astrónomo griego Aristarco de Samos [3] en el siglo III a.C. aunque, por entonces, tampoco se le prestó ninguna atención [4].

No terminaré sin dejar constancia de una lamentable anécdota reciente. Durante una reunión para verificar cuántas personas asistiríamos a una cena corporativa que se estaba organizando para celebrar la Navidad, la encargada del asunto preguntó cuántos sumaban los 14 que ya llevaba anotados, más los 7 nuevos comensales. Mientras pensaba yo si la cosa iba de broma o la pregunta era cierta, la señora dijo textualmente: “Perdonen, es que soy de letras puras”. ¡Increíble!

“La ciencia es el alma de la prosperidad de las naciones y la fuente de todo progreso. La ciencia no sabe de países, porque el conocimiento le pertenece a la humanidad y es la antorcha que ilumina el mundo.” (Louis Pasteur [5])

Por eso, a veces, hay que ponerle una vela al diablo —de la ciencia—, siquiera para que haya algo de luz.


IMÁGENES: Arriba, el big bang. Centro, Aristarco de Samos. Abajo, el universo geocéntrico, con la Tierra en el centro del sistema.

[1] Steward Brand (1938): Autor, editor y creador norteamericano de las publicaciones Whole Earth Catalog y CoEvolution Quarterly, así como fundador de la comunidad virtual Well.

[2] Carl Sagan (1934-1996): Astrónomo, astrofísico, cosmólogo, escritor y divulgador científico estadounidense.

[3] Aristarco de Samos (c. 310-c. 230 a.C.): Astrónomo y matemático griego. Él fue la primera persona conocida que propuso el modelo heliocéntrico del Sistema Solar, colocando el Sol, y no la Tierra, en el centro del universo conocido.​

[4] La Encyclopaedia Britannica explica: “In the 16th century Aristarchus was an inspiration for Polish astronomer Nicolaus Copernicus's work. In his manuscript of Six Books Concerning the Revolutions of the Heavenly Orbs (1543), Copernicus cited Aristarchus as an ancient authority who had espoused the motion of Earth. However, Copernicus later crossed out this reference, and Aristarchus's theory was not mentioned in the published book.”

[5] Louis Pasteur (1822-1895): Químico y bacteriólogo francés, cuyos descubrimientos tuvieron enorme importancia en diversos campos de la ciencia, sobre todo en la química y microbiología. A él se debe la técnica conocida como pasteurización.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Querido aitite

Esta es la carta escrita por mi sobrina Beatriz a su aitite
—su abuelo y mi hermano— que se nos fue hace un par de años.
Me parece una delicia por su cariñosa sencillez y la ternura que trasluce.

Es un día gris y llueve sin parar. Un domingo de esos que bien conoces, aitite [1]. Los días pasan desde que te fuiste, lluviosos o soleados, pero no son lo mismo. La vida sigue, pero me faltas tú. Hoy, después de dos tristes e interminables años, me siento con fuerzas para escribirte.

Los otoños vuelven, pero, desde que no estás con nosotros, nunca volvió ese entrañable aroma a castañas asadas, que con tanto amor te ocupabas de poner en la chapa para que estuvieran listas para cuando llegara yo de la uni.

aitite 1Porque sigo en la uni, aitite, aunque ya no en primero. Y cuando entro por la puerta de tu casa echo de menos que me digas: “Hombre, Mario Conde, ¿qué tal?”. Con la respectiva bronca de amama [2], porque su nieta estudia la misma carrera que ese impresentable, pero no se parecen en nada. Tú la mirabas con esos ojos de enamorado que conservaste hasta el último de tus días.

Aitite, deseo con toda mi alma que Dios exista porque, de ser así, a ciencia cierta que estarás ahora campando a tus anchas por el cielo, con aquellos que te quisieron y que también se fueron, tal vez cazando malvices con tu aita por esos montes de Dios. Quiero que sepas que aquí te echamos mucho de menos, que a duras penas nos acostumbramos a vivir sin ti.

Nunca volverán tus bromas, aitite. Ante el mandato de tus hijas para que bebieras agua, tú contestabas: “El agua es muy mala, ¿no ves que ahí nadan las ranas?”, provocando el descojono general y la imposibilidad de echarte una bronca. “Mientras haya vino y bicarbonato…”, decías.

aitite-2_thumb9[1]

Aitite, nos seguimos reuniendo a comer los domingos, pero, cuando hay mejillones, nadie me cuenta los que como, para luego fardar de que su nieta la pequeña se come 30 o 40 ella sola. “¿Y dónde los mete?”, decías, con esa sonrisa tuya tan contagiosa.

Y sí aitite, mi aita [3] sigue sin parar por casa, como siempre, entre Barcelona e Ibiza, “¡Ay, si yo siguiera en Geis...!”, pensabas en voz alta.

Tienes otra biznieta: June, hermana pequeña de Malen. Otra chica, sí, aitite, igual que las ultimas trece para tu dolor de cabeza: “Que no, que no llegará varón a esta familia”. Y tú, en el fondo, encantado con tu matriarcado ortuellano [4].

Malen ya tiene 3 años, habla y habla y no calla, y Jasone está a punto de acabar sus estudios. Porque tenías razón: tu única pena era morirte sin vernos acabar la carrera a ninguna de tus nietas, y así fue. Pero no te preocupes, aitite, te las brindaremos todas a ti.

En septiembre, después de que te fueras, volvimos a ganar las elecciones, porque sí, aitite, si, nosotros siempre ganamos porque, como tú bien decías “somos los mejores”.

Por último, aitite, nunca olvidaré que “con diez cañones por banda, viento en popa a toda a vela, no corta el mar, sino vuela, un velero bergantín”.

Porque no, aitite, no eran galgos, que eran podencos.

Hasta siempre, aitite.


IMÁGENES: Arriba, Beatriz y su aitite Santos. Abajo, el aitite, Beatriz y su aita, a la puerta de casa.

[1] En vasco o euskera, “abuelo”.
[2] Ídem, “abuela”.
[3] Ídem, “padre” o “papá”.
[4] Gentilicio de Ortuella, nuestro pueblo en Euskadi.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Belgas, hunzas y yarsagumba

Esta gente de arriba los Pirineos, mis vecinos franceses, sostienen seriamente que los más tontos de Europa, comunitaria o no, son los belgas. No he conocido los suficientes como para poder corroborar esta atrevida afirmación, aunque, como toda regla, tendrá sus excepciones.

Tampoco se puede uno fiar de los franceses, maledicentes compulsivos con el vecindario. En un estudio de 2013 [1], Bélgica alcanzaba un cociente intelectual o CI de 99, mientras que Francia registró un punto menos.

Hunza 2¿Qué sería, entonces, lo que influyo en el “molt miserable” expresidente catalán Puigdemon, huido de la justicia, para elegir Bélgica como el país de su “asilo político”? ¿Se basó en la tesis francesa sobre el reducido CI de los belgas o bastó con el ofrecimiento inoportuno de un ministro mentecato [2] de exiguas luces y menguada inteligencia? Nunca lo sabremos.

Corto aquí el aburrido sainete protagonizado por este españolito le guste a él o no—, cobarde y tramposo. Le hubiera sugerido una alternativa mejor: ocultarse en el norte de la India, inexpugnable refugio en las estribaciones del Himalaya, suponiendo, mucho suponer, que hubiera sido  aceptado entre aquellas buenas gentes. Me estoy refiriendo al mítico país de los hunzas, probables descendientes del perdido ejército de Alejandro Magno, conquistador de las ignotas tierras de la lejana India hacia el 304 a.C. Un pueblo de ojos claros y tez blanca, alegres, amistosos e increíblemente saludables y longevos, del que se asegura que, prácticamente, no conocen enfermedades y tienen un promedio de vida de 100 años. Algunos alcanzan hasta los 130 en aquel “oasis de la juventud”, convertidos en paladines de la dieta vegetariana.

Hunza 1Efectivamente, la alimentación de los hunzas está constituida por toda clase de hortalizas, en especial lechugas, frutas secas molidas —la fruta más abundante es el albaricoque—, trigo entero, leche de cabra agria, queso sin salar y papas asadas sin pelar, nunca fritas. No prueban el azúcar ni el pan blanco, ni otros derivados de la harina. Muy envidiable dieta a la que añaden una buena dosis de ejercicio diario, subiendo y bajando a las terrazas de cultivo, hombres, mujeres y niños, por aquellas inhóspitas montañas.

Sin embargo, no hay que creerse a pies juntillas todo lo que se dice en internet. Los hunzas no tienen un calendario como el nuestro y parece que calculan su edad como una estimación de su sabiduría. Dudo que no padezcan las mismas enfermedades que los demás mortales, como sostienen algunos y, más aún, que sean capaces de procrear con noventa y pico de años a la espalda. Sin embargo, esta “anomalía” bien pudiera estar relacionado con el consumo de la yarsagumba, la viagra del Himalaya, un hongo que crece y se alimenta de las larvas de ciertas polillas, por encima de los dos mil o tres mil y pico metros.

Hunza 3Los hunzas y otros pueblos de las montañas han encontrado una enorme fuente de beneficios en este hongo, que causa furor en la vecina China por sus supuestas propiedades afrodisíacas. Recién recolectado, en fresco, se cotiza a unos 30.000 dólares el kilogramo, lo que significa, ni más ni menos, que uno puede devenir rico de la noche a la mañana.

En Pekín han llegado a pagarse alrededor de 70.000 dólares, aunque no existan pruebas científicas de los atributos estimulantes del apetito sexual que se le atribuyen.

Considerando, no obstante, que el sexo es una actividad indiscutiblemente natural, uno, como los hunzas, debería esforzarse por estar siempre a bien con la naturaleza.

A cualquier edad.


IMÁGENES: Arriba, Puigdemon camuflado entre coles de Bruselas. Centro, joven mujer hunza. Abajo, yarsagumba.

[1] Richard Lynn y Tatu Vanhanen. Intelligence: A Unifying Construct for the Social Sciences.
[2] Theo Francken, Ministro de Inmigración y nacionalista flamenco, ofreció “asilo político” al expresidente de Cataluña, anulado inmediatamente por el Primer Ministro belga.

Fuentes: La Vanguardia, Guioteca y 20 Minutos.

sábado, 28 de octubre de 2017

Primeras nieves

Decía mi madre que la última vez que nevó en mi pueblo fue el año en que yo nací. De aquel episodio no recuerdo absolutamente nada. Acostumbrado a mirar por la ventana el monótono sirimiri, garúa o calabobos de mi húmedo norte español, mi contacto con la nieve se limitó, durante años, al ocasional desfile de imágenes en blanco y negro más bien en blanco que nos brindaba el hombre del tiempo al final del telediario.

Nieve 3En realidad, pasó más de una década hasta que vi nevar por primera vez, siendo ya estudiante de bachillerato. Todos los días nos desplazábamos al instituto en un tren lento y sin pretensiones que se tomaba su media hora larga para recorrer los 14 kilómetros que nos separaban de la capital. Aquel día aquellos dos días, el tren se quedó varado en la cabecera de la línea por culpa de la nieve acumulada pródigamente en la vía.

Chicos y chicas aprovechamos para lanzarnos como locos, por cualquier desnivel, ventajas de vivir en el monte con bolsas de plástico bajo el trasero. Las bolsas aún no costaban los 5 céntimos de euro que valen ahora, de modo que podíamos usarlas con prodigalidad. Volvíamos a casa entusiasmados y cansadísimos porque, al final de la rampa, había que subir de nuevo, a pata, a la cima de la cuesta para volver a empezar. Así todo el santo día.

Nieve 1

Intenté construir mi propio trineo, pero tan solo conseguí entrelazar malamente unos palos de avellano con dos cuerdas. Una obra que, sin proponérmelo, hubiera sido apta para ser expuesta, con éxito, en la feria ARCO de Madrid o en el MOMA de Nueva York. Tamañas cosas peores he visto en la una y en el otro.

Años después acompañé a mi esposa a esquiar en Candanchú, en el Pirineo Aragonés, con las niñas pijas de su colegio. El primer día pisé la nieve con ese temor con el que te mueves por la cocina cuando la acaban de fregar. Afortunadamente, Marichu me dio instrucciones prácticas y definitivas sobre cómo flexionar las piernas, como no clavarme los bastones mientras me deslizaba o cómo no estamparme contra el suelo al subir o bajar del telearrastre. Y me enseñó la bendita cuña, una posición estéticamente a lo Lina Morgan que me libró de salir disparado en varias ocasiones. Básicamente permanecí en posición de cuña casi todo el día.

Scan 40Dice Nabokov una suerte de Joseph Conrad ruso, en uno de sus cuentos [1], que "si uno se queda mirando la nieve durante un rato, se tiene la impresión de que todo comienza una lenta ascensión hacia las alturas". Así me sentía la noche anterior a mi bautismo nival, en el cálido Hotel Villa Anayet, de Canfranc. Un canal televisivo decidió acompañar mi relax nocturno con “Máximo Riesgo”, de Sylvester Stallone, y amanecí creyendo que podría escalar con los dientes y descalzo. Mis sospechas se desvanecieron tras ponerme las botas de esquí, convertido en un híbrido entre RoboCop y Mazinger Z y descubrir que tardaría más de quince minutos en subir un tramo de un par de metros con una inclinación casi inexistente.

La pendiente de la pista verde la de principiantes, aclaro se me antojó más empinada que la cuesta de enero. Sobreviví a mi primera y sospecho que nada elegante caída para, de pronto, dejar de caerme. Al final descubrí que esquiar es como ese instante de vacilación tras el segundo o tercer trago: lo mejor es no pensar y dejarte llevar.

Eso sí, las agujetas, como la resaca, son inapelables.


IMÁGENES: Arriba, el tren atravesando un paisaje nevado. Centro, deslizándonos por la nieve. Abajo, mi hijo Jorge, hace muchos años, feliz sobre la nieve.

[1] “Batir de alas”, capítulo 2.
Fuentes: Memorias del autor.