sábado, 20 de julio de 2013

La sombra del burro

Cuentan del orador griego Demóstenes que, en una ocasión en la cual los atenienses pretendieron silenciar su discurso en la asamblea, alegó que solo deseaba dirigirles unas muy breves palabras y, cuando guardaron silencio, les relató parte de una fábula de Esopo, más o menos así:

“Un viajero alquiló en verano un burro para ir desde la ciudad hasta Megara. En el centro del día, cuando el sol calentaba con más fuerza, tanto el alquilador como el propietario del burro quisieron ponerse a su sombra. Como esta solamente permitía protección para una persona, se entabló una violenta discusión sobre a cuál de los dos le correspondía el derecho a disfrutar de la misma. El dueño mantuvo que él había alquilado el asno, pero no su sombra. El viajero afirmó que él, con el alquiler del pollino, había alquilado su sombra también”.

Dicho esto, Demóstenes se retiró y, cuando los atenienses lo retuvieron instándole a que contara el resto de la historia, les dijo: “De modo que queréis oírme hablar de la sombra de un burro y, en cambio, cuando os hablo de cosas importantes, no queréis escucharme”.

Entre los fenómenos naturales que el hombre ha sabido convertir en símbolos, ninguno es tan rico en significados como la sombra. Personifica la fuerza oculta o espiritual de las cosas, su aura, el mal, la muerte, lo pasajero, lo imperfecto… Sus formas inestables y siempre cambiantes son una invitación al juego imaginativo y creativo, una inducción a la fantasía… No hay mujer fea a la luz de una vela.

La sombra ha proporcionado a la literatura y al teatro algunas de sus ficciones más memorables, más inquietantes y sutiles. Como una abreviatura de la oscuridad, cada autor y cada época le han atribuido un simbolismo específico. Así, los cuentos de Wilde y Hofmannsthal nos revelan que nuestras sombras son rasgos preciosos de nuestra humanidad. En autores como Pérez Galdós o Gautier la sombra encarna todo aquello que sus protagonistas más temen. El escritor anónimo de El hombre que perdió su sombra, narra las consecuencias que tiene para la sombra, cuerpo del alma, el trato con el diablo.

En el teatro, las sombras representan historias con una fuerte carga fantástica por sus posibilidades de insinuar sin dejar ver, de deformar la realidad. En China cuentan una leyenda que representa para los orientales el origen del teatro de sombras. El emperador Wu-Ti, había perdido a su mujer Wang, hacia quien sentía un amor muy profundo. Incapaz de superar su ausencia, se sumerge en la más completa apatía. En la Corte ensayan modos de devolverle el gusto por la vida, pero ni juglares, bufones o cocineros consiguen hacerle olvidar su tristeza.

sombra

Entonces aparece Sha-Wong, quien se declara capaz de hacer revivir a la bella Wang. Coloca al emperador ante una tela tendida entre dos postes sobre la que –¡oh, maravilla!– emerge suavemente la sombra de su bien amada. Un día el emperador olvida la promesa que hiciera de no tocar la tela. Tira del lienzo y descubre a Sha-Wong agitando una figura de mujer delante de una lámpara. Comprende el engaño y estalla en cólera.

Existen dos versiones para un mismo final: en la primera, Sha-Wong muere decapitado y en la segunda, el emperador rinde homenaje al montador de sombras y le permite que siga con su arte, un constante estímulo para la ilusión, el ensueño y la fantasía.

Dice mi mujer que, cuando te enfrentes a una dificultad, cuando veas un gigante, fíjate bien en la posición del sol, no vaya a ser la sombra de un pigmeo.


IMÁGENES: Arriba, ilustración clásica de la fábula de Esopo. Abajo, “Sombra de mujer”, del fotógrafo Nicolás Vidondo.

sábado, 6 de julio de 2013

Haliéutica, mi vieja amiga

Nunca pensé en un rencuentro, pero la vida es así. Jamás consideré la posibilidad de dar con ella diez años después de haberla abandonado en la isla de Attu, un territorio inhóspito, insufrible y hostil, perdido y olvidado del mundo entre las Aleutians West, la parte más remota del cordón umbilical de más de 300 islas que une Alaska con la península de Kamchatka, en Rusia.

Allá la conocí hace un par de lustros y allí se quedó para siempre, o eso creía yo. Convivimos desde mi llegada a Red Beach con la intensidad necesaria –vodka y caviar, hamburguesa y cocacola– para conocernos a fondo. Omnipresente en aquel áspero territorio, como una deidad menor, decretaba lo que había de hacerse, establecía planes, validaba lo plausible y rechazaba con energía irrevocable lo desatinado.

Bacalao

Tiempo antes, en la Cornell University, –durante el curso que me adiestró sobre las fish inspection regulations en aquel incierto rincón del mundo– me hablaron de ella y de la necesidad de seguir sus pautas, reglas y protocolos para no comprometer la supervivencia de la población que estábamos obligados a proteger. En cuanto descendí de la pequeña Cessna supe que, a partir de aquel momento, mi vida allí habría de regirse por los mandamientos irrevocables de la nueva religión.

Hasta que, una mañana, la presión de aquel infierno –y de aquel invierno– me superó, y deserté de la lucha por mantener los límites impuestos por la haliéutica sobre el total de capturas aceptable y otros parámetros de pesca en aquel mar helado. No la volví a ver. La busqué en el diccionario, pero la RAE no la incluye. La Biblioteca Virtual Cervantes la define como “industrias pesqueras”, y en el Dictionarium Latino-Hispanum de 1827 aparece como “que trata de peces”. ¡Qué injusto!

halieutica

Por pura casualidad acabo de reencontrarla en una librería de viejo en un facsímil del libro Halieutica, publicado en Nápoles en 1689, en el latín de la época, revestida de toda la dignidad que merece. Por ella no han pasado los años. Dice mi mujer que las palabras envejecen con el uso, que van perdiendo color, deslavándose hasta convertirse en una piltrafilla de colada. No es el caso. Lejos de la necia escritura de los messengers, apartada de las cuentas en facebook y twitter y de los correos electrónicos, ha logrado conservar su fuerza primigenia tras sobrevivir en un escenario que, a modo de ejemplo, podría resumirse así:

Las crías de bacalao comen espadines. Los bacalaos adultos comen espadines y arenques. Los espadines y arenques comen huevas y larvas de bacalao. El bacalao, propenso al canibalismo, también devora bacalaos más pequeños. En aguas menos saladas, las huevas del bacalao deben descender a más profundidad hasta encontrar la densidad de sal que les permita quedarse en suspensión. Cuanto más descienden, menos oxígeno reciben y menor es el porcentaje de supervivientes, lo que repercute en las poblaciones de arenques y espadines, que encuentran entonces menos larvas de bacalao con las que alimentarse.

A partir de aquí, la haliéutica, mi vieja amiga, trata de poner orden y mantener un equilibrio entre las necesidades de las tres especies implicadas y el hombre: el más oscuro, implacable y peligroso depredador.


IMÁGENES: Arriba, ejemplar adulto de bacalao. Abajo, portada del libro “Halieutica”, de 1689.

sábado, 22 de junio de 2013

Elegía de los tontos y el poder

En los tiempos del libro del Apocalipsis de San Juan, capítulo sexto, cada jinete tuvo su propio rostro y su propio nombre: la victoria, la guerra, el hambre y la muerte. Con esos trazos, el universal Blasco Ibáñez escribió, en 1916, Los cuatro jinetes del Apocalipsis, una novela clasificada entre las cien mejores obras literarias del siglo XX.

Los cuatro jinetes del Apocalipsis (Alberto Durero)De haber vivido en el XXI, el novelista no hubiera dudado en incluir un quinto jinete de innumerables rostros y nombre epiceno colectivo: los tontos con poder. Una masa amorfa que lo invade todo: la empresa, la universidad, las oenegés, la comunidad de vecinos y, sobre todo, la política.

El síndrome de poder de los políticos, es como una droga de orgullo que los aleja de la realidad, los rodea de un halo de mema arrogancia, los vuelve impermeables a la crítica y refractarios a la sensatez. Son más visibles porque están más expuestos a la luz pública: “Hasta ahora, solo los de la familia sabíamos que era tonto. Desde que lo han hecho ministro, lo sabe todo el país”. Ricamente instalados en su poltrona, no sienten el menor remordimiento cuando una pobre mujer se lanza por la ventana en el momento en que la despojan de su casa por culpa de unas leyes manipuladas y probablemente injustas.

Vázquez Figueroa, si no recuerdo mal, dijo algo así como que “cuando se le concede poder a un miserable, el miserable no se vuelve poderoso, es el poder el que se vuelve miserable.” Sustituyan miserable por estúpido y busquen modelo entre los ladronzuelos y sinvergüenzas que se ocultan en mullidos escaños y lujosos despachos, bajo el paraguas protector de las siglas de cualquier partido o sindicato. No se confíen. Un tonto situado en el lugar preciso puede causar un daño irreparable. ¿Les suena…?

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En un delicioso ensayo sobre la estulticia humana, el italiano Carlo Cipolla aporta algunas leyes fundamentales:

1. La posibilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquiera de sus otras características.
2. Tratar con tontos deriva infaliblemente hacia una irremediable pérdida de tiempo, cuando no de paciencia.

Es mejor negociar con una persona lista que con una tonta. Se puede intuir la lógica de una persona inteligente. Con un estúpido, cualquier razonamiento sensato resulta imposible.

Seguirán existiendo por los siglos de los siglos. Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano. En todas las organizaciones hay tontos necesarios para que los listos avivados puedan manejarlas a su gusto. La estructura del poder crea huecos y los reserva para este tipo de personajes que aparecen como imprescindibles a pesar de su mediocridad. Dice mi mujer que no son líderes ni siquiera malvados –que para eso se requiere inteligencia– sino, sencillamente, estúpidos que aprendieron cómo funciona el sistema.

Termino con un par de anotaciones memorables. Una de Frank Lloyd: “Estoy completamente a favor de mantener las armas peligrosas fuera del alcance de los tontos: empecemos con la máquina de escribir.” Y otra, el principio de Peter: “Con el tiempo, todo puesto de responsabilidad tiende a ser ocupado por un estúpido, incompetente para desempeñar sus funciones.”

Jaculatoria: De los tontos con poder, libera nos Domine.


IMÁGENES: Arriba, grabado “Los cuatro jinetes del apocalipsis”, de Durero (1498). Abajo, frontispicio y capiteles del Congreso de los Diputados (Madrid).

sábado, 8 de junio de 2013

Leyendas rusas: la dama de la nieve

Las primeras leyendas rusas debieron surgir mucho antes de que las tribus eslavas, dispersas entre bosques y estepas al norte de los Cárpatos, se consolidaran creando en Kiev –hoy Ucrania– el núcleo de la inmensa nación de los zares.

A diferencia de los relatos de la mitología griega o escandinava, traducidos a la mayoría de lenguas modernas, la narrativa épica de la antigua Rusia no goza de la misma popularidad. Sin embargo, las leyendas rusas poseen una gran riqueza imaginativa, sorprenden por su expresividad y desenlaces inesperados, describen muy bien el mundo interno de los personajes y aportan datos sumamente valiosos sobre la vida y costumbres de los primeros ancestros del pueblo ruso.

Las noches del invierno son largas en la gleba y el frío no concede respiro en los pueblos de la cuenca del Dniéper. Ni rusos ni ucranianos es gente de muchas palabras, pero las lenguas se desatan con el vodka omnipresente en el último claror del día, dispuestos a combatir las horas gélidas de la dilatada oscuridad.

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Hay tres leyendas que me gustan especialmente. Los gigantes de los Urales trata del amor profesado a una campesina por uno de aquellos corpulentos personajes. Matrioska, la muñeca del carpintero Serguei, hueca por dentro, con la particularidad de albergar sucesivamente, en su interior, una nueva muñeca de menor tamaño. La tercera es La dama de las nieves, una leyenda primaria, sencilla y popular, que me dispongo a narrar aquí y ahora, con la esperanza de que la disfruten.

En cualquier lugar perdido a la orilla del río más helado de Europa, donde el frío muerde como un perro rabioso, no resulta extraño que alguien nos relate, al amor de la lumbre, al crujir del fuego, las andanzas de Sgroya, la dama de la nieve, poseedora de poderes venidos de otros mundos y otros tiempos.

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La leyenda la describe como una mujer joven y bella. Una hermosa devochka bien formada, alta y atractiva, con algunos rasgos poco comunes entre los eslavos: cabello azabache, piel morena y el contraste de unos ojos de increíble verde esmeralda. Se aparece a la vera de los caminos nevados, en las frías rutas de jinetes y caminantes, ofreciéndoles su amor. Una invitación irresistible por la que, de ser aceptada, habrán de pagar un precio muy alto.

Dicen que se vale de todos los recursos de seducción de una fémina para atraer a los hombres: sensual y dulce, atrevida y ardiente, capaz de insinuar placeres nunca imaginados por amante alguno.

Provocado el irreprimible deseo de sus víctimas, despojadas de su voluntad, Sgroya se convierte en hielo arrebatándoles la vida, paralizándoles el corazón con el abrazo letal de su cuerpo congelado. En ocasiones, la dama de la nieve los enamora perdidamente hasta hacerlos enloquecer, abandonándolos luego en la gleba donde acabarán devorados por las manadas de lobos.

Algunos la suponen el espíritu vengador de una mujer ofendida. Otros ven en ella una deidad femenina empleándose a fondo para castigar la conducta de los hombres infieles.

¡Tantos y sin propósito de enmienda!


IMÁGENES: Arriba, la tundra a los pies de los Urales, en los confines de Europa. Abajo, la dama de las nieves.

Existe una película checa de 1985 con título similar, “La dama de las nieves”. Su argumento no guarda ninguna relación con la leyenda rusa.

sábado, 25 de mayo de 2013

Estambul

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Esta ciudad me provoca irremediablemente el síndrome del asno de Buridán, aquella situación paradójica en la que un pollino, que siempre tenía opciones bien diferenciadas para realizar su elección, un día es colocado entre dos montones de heno de tamaño y atributos exactamente iguales. La duda lo llevará a morirse de hambre, incapaz de tomar una decisión racional sobre cuál de los dos montones será su comida. Cambien el burro por un homo semisapiens –yo mismo– y los montones de heno por cualquiera de las maravillas que colman generosamente Estambul y tendrán el cuadro completo.

Mi campo de batalla, hoy, no es competir con el borrico ni con tantas webs dedicadas a Istanbul, Bizancio o Constantinopla, misma ciudad única entre dos continentes, prodigio de contrastes, caos de color, confusión de razas y amalgama de culturas. Lo que modestamente pretendo es trasladar al lector una brevísima perspectiva oblicua –como en los libros de viajes del siglo XVIII– con la cual obtener una visión desacostumbrada de la que fuera capital de tres imperios, haciendo honor a quien honor merece.

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La Mezquita Azul –vidrieras que inventan otra luz–, Santa Sofía, el Gran Bazar, el prodigioso palacio de Dolmabahce o el de Topkapi… son lugares fácilmente accesibles si se elige un hotel adecuado. Los de la Tiyatro Cadessi o calle del Teatro nos sitúan a pasos de la parada del tranvía de Beyazit –no se necesitan taxis con lo que, de paso, se ahorrarán algún cabreo– y a tiro de piedra de todos ellos, del funicular a la plaza de Taksim y del acceso al muelle de Eminönü, desde donde iniciar un paseo en barco –me niego a llamarlo “crucero”– por el Bósforo.

Desde el café de Pierre Loti, en el Cuerno de Oro, al degüello del sol, el tono dorado de sus aguas recuerda el brillo de las joyas de las concubinas del sultán que, una vez caídas en desgracia, eran arrojadas al mar con todas sus alhajas y vestuario. Las mismísimas aguas que cruzó Jasón, con su navío Argo y sus argonautas en busca del vellocino de oro, superando las Simplégades, dos enormes rocas flotantes dispuestas a aplastar todo bajel que osara pasar entre ellas. Una singladura bien aprovechada la de Jasón: conquistó el vellocino ese, que no sé para qué coño lo quería, y se casó con Medea, simplificando la historia.

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Como Ulises, el viajero debe hacer oídos sordos a los cantos de sirena –croar de ranas más bien– de quienes ensalcen la cocina turca. Detrás de algunos extraños nombres se esconden platos corrientitos a base de verduras y carne. El testi kebab es uno de los más curiosos; un guiso que se hace en un recipiente cerámico que se rompe para servir. Los restaurantes de pescado –nada extraordinario tampoco– están al final de la Tiyatro Cadessi, descendiendo hacia la seda del mar del Mármara.

El raki, licor nacional, no es más que un anisado que se mezcla con agua, como la palomita de nuestra costa mediterránea. Si le apetece algo más exótico pruebe la boza, una bebida de densidad apreciable, llegada de Anatolia en el 400aC, que se sirve con garbanzos asados. Sabe como a natillas, nuez moscada y otras especias. El sultán Mehmed IV la prohibió en 1648 por su contenido de opio. Creo que ahora ya no lo ponen.

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El amante de los libros que casi todos llevamos dentro debería darse una vuelta por la Galeri Kayseri, un bookshop frente a la parada del tranvía de Sultanahmet. Es como una legendaria cueva de Alí Babá de la cultura turca. Llévense Portrait of a Turkish Family, de Irfan Orga y, de paso, admiren la escalera interna en espiral, del arquitecto turco Selahattin. Por esta librería, a quien la CNN y Al Jazeera dedicaron sendos documentales, han desfilado todos los famosos que en el mundo han sido, incluyendo el premio Nobel turco, Orhan Pamuk, y los reyes de Arabia Saudita. Y Marichu, y yo, y mis hijos.

Disfruten leyendo despacio estos versos memorables: “Azulejos de ensueño, de verdes y de azules, con el brillo de siglos y de gemas cautivas, tulipanes y ramos, claveles o planetas, dorados laberintos en los que se quedaron los ojos del calígrafo...”

Dice mi mujer que la belleza no está en las cosas, sino en los ojos de quien las mira.


IMÁGENES: Arriba, la ciudad desde el mar de Mármara. Centro, la impresionante Mezquita Azul. Abajo, Palacio de Dolmabahce desde el Bósforo. Más abajo, detalle interior del Gran Bazar. (Fotos de FG).

Los versos finales pertenecen al poema de José Lupiañez “El sueño de Estambul”.

sábado, 11 de mayo de 2013

Memoria rural con vacas

Una buena parte de mi adolescencia transcurrió enredada entre los caminos que serpenteaban por las praderas de mi lluvioso valle. Veredas de tierra y piedras o sencillas calzadas de asfalto o “caminos de hierro del norte de España”, como nos gustaba llamar –jactanciosos– al ferrocarril sin pretensiones que nos unía con la capital de la provincia.

caserío

El caserío de mi abuelo se ubicaba como a la mitad de un camino rural que discurría entre dos carreteras: la de Portugalete o “carretera de arriba” y la de Bilbao o “carretera de abajo”. Nosotros vivíamos en la de arriba. Cada día recorría varias veces ese camino. Unas, en busca de la merienda que me preparaba mi tía Carmen, casi siempre a base de nata con azúcar –¡tiempos cuando la leche tenía nata!– sobre una espléndida rebanada de pan tierno. En temporada, saqueo sistemático de los árboles frutales de mi abuelo. Otras, para subir a casa la leche para el desayuno del día siguiente y, al tiempo, poner en práctica la primera de las leyes de física que me enseñó la vereda.

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El recipiente para la leche era una “lechera” o cántaro de aluminio sin tapa que me gustaba voltear a toda velocidad con el brazo extendido, admirándome de que la leche no se derramara. En alguna desgraciada ocasión el asa resbalaba de mi mano y, roto el equilibrio de fuerzas centrífuga/centrípeta –de cuya existencia no tenía yo ni idea–, la lechera salía volando varios metros antes de estrellarse contra el suelo. Triste final, como en el cuento de Samaniego. Mi padre, escasamente interesado en la evolución científica, solía remunerar mis experimentos con un par de sonoras bofetadas.

La segunda ley que me enseñó el camino –a fuerza de notar y padecer sus efectos reiteradamente– podría expresarse así:

La posibilidad p de que un cuerpo humano c de masa m se estampe
contra el suelo s,
descendiendo a la carrera por un camino de piedras,
es directamente proporcional al cuadrado de su velocidad v, es decir,

ps = mc · v2

Para mitigar los daños del inevitable impacto apenas se requería algo de agua oxigenada y un brochazo de mercromina a cargo de mi tía Mari, salvo en una desgraciada ocasión en la que tuvieron que escayolarme el brazo izquierdo. Después me caí de una higuera y el efecto g gravitacional –puto Newton– me dañó seriamente la rodilla del mismo lado. Más yeso donde escribir las genialidades de la adolescencia, fechar y firmar.

Un sendero perpendicular al camino conducía a “la cuadra”, que así llamábamos al plácido hábitat de un par de vacas holandesas en blanco y negro, opulentas ubres generosas, miembros de la familia. La más tranquila se llamaba “Estrella” y la otra “Lucera”. Dice mi mujer que el abuelo tenía poca imaginación para nombres de vacas.

En aquel establo se guardaba, para los fumadores adultos del entorno, el exiguo tabaco que permitía la “tarjeta de fumador”, una cartilla de racionamiento franquista sutilmente orientada a erradicar del imperio tan abyecta y despreciable lacra social. Nunca tuvo noción mi abuelo de que su nieto más querido hubiera descubierto el escondrijo de su pequeño tesoro: un par de cajetillas de “picado fino superior” –apestoso– y un librito de papel de fumar “zigzag”.

vaca

Ellas fueron, las vacas, cómplices de mi incipiente vicio y testigos de mis humos iniciáticos y de mis primeras toses. El pestilente olor a bosta de vaca impregnado en mis ropas enmascaraba el incienso del cigarrillo. Toda la familia estaba asombrada de mi repentino amor por aquellos animales.

Años después leí que el tabaco era perjudicial para la salud, y dejé de leer.


IMÁGENES: Arriba, el caserío. Centro, “El parasol rojo” de Laureano Barrau. Abajo, una de las vacas del abuelo.

PREGUNTAS:
1. ¿Cuántas tetillas o pezones tiene la ubre de una vaca?
2. ¿Cuántos kg pesa aprox.?
3. ¿Cuántos litros de leche puede albergar? …
Entre los que acierten las 3 preguntas sortearé un ejemplar de mi libro “Amores pájaros” o “Katutura”, a elegir por el premiado.

sábado, 27 de abril de 2013

La visigoda

Arribó a los paisajes del Paraguay, la tierra sin mal, tras un periplo de miles de leguas sobre la mar océana, cuando las flores del tajy llevaban algún tiempo anunciando la primavera.

En los últimos decenios, el solar guaraní se había visto invadido por cultivadores de soja, recolectores de stevia, ordeñadores de vacas, menonitas, nazis, turistas sexuales y consultores internacionales llegados de aquende y allende los mares pero, desde el desembarco de Mme. Lynch, personaje alguno despertó mayor expectación que la visigoda, una ilustre dama de la Hispania Tarraconensis, de carácter fuerte, dominante e imprevisible, como corresponde a quien ha sido amamantada entre vasconum, barcinos y otras hordas belicosas del Ispanistán celtibérico.

la visigodaEl karaí-guasú previno cuidadosamente su llegada considerando todos los pormenores y detalles necesarios para satisfacer los caprichos, deseos, gustos, ocurrencias, antojos y extravagancias de la enviada, aleccionando a sus escasos súbditos sobre la necesidad de no crispar el voluptuoso ánimo, vehemente y sibarita, de la visigoda. Prodigioso, dice mi mujer, que la tribu y el karaí mismo hubieran logrado sobrevivir a las paellas estilo “reducción jesuítica” de la Taberna Española y a las secuelas sicotrópicas de la ayahuasca. Ahora, su prevalencia hasta la última luna del noveno año del nuevo milenio dependía de la extranjera.

El abrumado chamán cobijó a la enviada en un hábitat guaraní anchuroso y placentero, primorosamente amoblado por la guaranga argentina, al amparo de alimañas y depredadores. Se invocó al dios de la lluvia para pedirle que mantuviera el cielo despejado y alejara turbiones y tormentas hasta la próxima luna. A pesar de la manifiesta escrupulosidad en la selección de la posada, de la excelencia del personal a su servicio y del buen tiempo, el choque de civilizaciones resultó demasiado violento, y los desacuerdos, reproches y reprobaciones no tardaron en aparecer.

La visigoda poseía un infrecuente artilugio al que llamaba notebook, funcionando mediante su enlace a un fluido de electrones que se evidenció de conexión imposible, debido a discordancias de normalización. Las lucernas del habitáculo renovaban la atmósfera permitiendo la entrada de una suave brisa boreal que, sin embargo, resultó altamente molestosa para la dama. Su extenso vestuario tampoco encontró una ubicación adecuada en el aposento, escaso en perchas y nulo en paragüeros, y su alimentación resultó complicada por las exigencias de la joven, reclamando con obstinada insistencia vituallas desnatadas y víveres bajos en calorías, desconocidos en la exigua cultura gastronómica guaraní modestamente alineada con la mandioca, la chipa y el tereré.

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Así fueron pasando días de desazón, tormento, congoja y cruz para la tribu. Una mañana anunció su deseo de visitar Yguazú, la catarata abierta en la piedra por el golpe de lomo de la monstruosa serpiente Mbói para impedir la huida del cacique Tarova y su amante Naipí. Rodeada de leyenda y en un paisaje de exuberante naturaleza, la señora mudó su carácter. La música del agua y la presencia de loros multicolores, yurumíes, monos, lémures y felinos tranquilizaron a la enviada.

Solo cuando la visigoda embarcó en el vuelo de la TAM con destino a la remota Godilandia, el karaí respiró profundamente aliviado y celebró el acontecimiento entregándose al sexo, alcohol y desenfreno durante siete días con sus siete noches, decretando para su pueblo otras tantas jornadas de feriado nacional.

O así o alguna menos, que ya no recuerdo bien.


IMÁGENES: Arriba, fragmento de la portada del libro “La visigoda”, de Isabel San Sebastián. Abajo, cataratas de Yguasú (foto FG).

sábado, 13 de abril de 2013

Moleskine

Hace ya algunos años, en manos de mi querido amigo José María, descubrí una inusual libreta de notas que despertó mi curiosidad, encuadernada en negro riguroso y cerrada con una cinta elástica del mismo color. Me pareció ideal para llevarla de viaje: sencilla, resistente y cómoda. Conseguir una de aquellas libretitas tenía entonces un cierto atractivo, porque apenas se las podía encontrar en muy contadas papelerías importantes. Terminé por hacerme adicto a su uso para todo tipo de apuntes y dibujos, captar detalles y asentar experiencias. Durante algún tiempo, resolvieron mis regalos de cumpleaños y aún habrá por ahí alguna periodista amiga que, como yo, no encuentre el modo de prescindir de ella. Hoy, generalizadas, han perdido parte de su glamour, pero siguen siendo las libretas de notas mejores y más selectas que conozco. Lo habrán adivinado: son las Moleskine.

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Un objeto anónimo y perfecto en su esencialidad, producido durante más de un siglo por una pequeña empresa familiar en Tours, Francia, que abastecía a las papelerías de París, donde se daban cita las vanguardias artísticas y literarias internacionales. El legendario cuaderno fue utilizado durante los dos últimos siglos por personajes de la talla de Van Gogh, Picasso, Hemingway o Chatwin, hasta que el fabricante falleció y la libreta dejó de fabricarse. “Le vrai moleskine n’est plus”, fue el anuncio lapidario.

moleskine trazosPara Chatwin, era tan importante que el escritor fijaba una recompensa en su primera página, incentivando su devolución en caso de pérdida. En Los trazos de la canción, una de sus obras más famosas, narra la historia de este pequeño cuaderno negro, sinónimo de cultura, aventura y nomadismo. Con su estilo seco y lapidario, el libro describe un viaje por Australia en busca de los trazos de la canción, un concepto ciertamente difícil de explicar. Según Chatwin, cada territorio, cada camino, cada accidente del terreno, están descritos en una trova aborigen: un cruce entre un mito de la creación, un atlas geográfico y una historia personal. Y esa canción de cada tribu, de cada familia, marca los límites, las fronteras, la propiedad... Identifica el terreno y permite poseerlo. Perder la canción es perderlo todo.

Dice mi mujer que se trata de una obra anárquica en su estructura: algo de tratado de antropología, mucho de libro de viajes, con frecuentes salpicaduras de pensamientos filosóficos, propios o ajenos, sacados de las notas de su Moleskine. A veces caótico y a veces brillante, sobre todo en la descripción de los personajes con los que se va cruzando, a quienes logra definir en pocas palabras con una precisión casi fotográfica.

El cuadernito refuerza la imagen del viajero romántico: “Dejad que vuestro espíritu aventurero os empuje a descubrir y escribir del mundo que os rodea con sus rarezas y sus maravillas. Descubrirlo será amarlo”, en palabras del poeta libanés Kahlil Gibran.

Con la edad, aparte de apreciar el vino tinto con progresiva adicción, se relativizan muchas cosas. Moleskine me parece un acumulador de ideas y de emociones no relativizables que va liberando su carga a lo largo del tiempo, trocando el contenido en notorias imágenes o en páginas de libros admirados.

Una pequeña editorial italiana devolvió la vida a la mítica libreta. Un símbolo de la antigua práctica de los cuadernos de campo, del apunte y del boceto, que ha vuelto con fuerza para recuperar su espacio frente a un mundo de agendas digitales, dispositivos móviles y teléfonos más o menos inteligentes.

Con la ventaja de que no necesita cargador ni actualizaciones del software.


IMÁGENES: Arriba, Moleskine clásica. Centro, portada del libro de Chatwin. Abajo, anotaciones de viaje sobre una Moleskine.

sábado, 30 de marzo de 2013

Primaveras

En cuanto la temperatura “sube” hasta los cero grados y amanece el primer día discretamente soleado, se considera que el general invierno –como llaman en Rusia a la interminable estación fría– ha sido derrotado. Para las féminas supone el advenimiento más o menos oficial de la primavera y el momento de tomar los primeros baños de sol, elusivo y escaso por estas latitudes.

La muralla de la fortaleza de San Pedro y San Pablo, en San Petersburgo, es un lugar habitual para exponer al sol los blancurrios y lechosillos cuerpos de las peterburguesas, tras largos meses de oscuro frío insoportable. Todo está permitido: por abajo bikini, tanga, culote… y a media altura, corpiño, sostén, brasier… Todo vale, aunque no puedan desprenderse del abrigo de piel, necesario para apoyarse contra la pared porque la piedra está helada y el suelo cubierto de nieve. La gente invade parques y jardines y la vida reaparece con el júbilo del primer verdor.

Al anochecer, las mujeres acuden a las discotecas a lucir su nuevo look. A mí me gusta tomar un vodka bien frío en el Strelka, un lugar algo cutre en la Isla de los Conejos –no se rían, que el nombre es cierto–, con piso de madera de ese que cruje al caminar. La música es agradable y suena a los decibelios adecuados. No suele faltar algo de latino o celta con lo mejor del folk ruso, excelente fondo para una conversación romántica si se tercia.

A medio globo terráqueo de distancia, en México, la llegada de la primavera azteca se celebra el 20 o 21 de marzo. Cientos de personas ascienden a la cima de la Pirámide del Sol, la tercera más grande del mundo, para recibir al astro rey en su equinoccio del hemisferio norte.

En las Islas Británicas, durante el segundo sabbat del año celta, la luz va dominando a la oscuridad. Los druidas hacen sonar una enorme bocina para despertar a la tierra que albergará la semilla. Con la inestimable ayuda del sol, la luz y el calor que la hace germinar, la fuerza de ambos propiciará que nazca una nueva esencia, una nueva vida: la resurrección del mundo.

Flores de primavera

En otro lugar del planeta, al norte de Canadá, la llegada de la primavera marca el momento del año elegido por los inuit de Kangiqsujuaq para ir en busca de los apreciados mejillones, que les permiten variar su dieta después de un largo invierno sin opciones. Es una tarea peligrosa. Durante las horas de marea baja, perforan un agujero en el hielo para introducirse en el mar glacial, donde recogen todos los moluscos que pueden, saliendo a la superficie antes de que vuelva a subir la marea. La principal dificultad consiste en encontrar, desde la negrura de abajo, la luz del agujero por donde entraron.

Mucho menos seductora que las primaveras anteriores, las revoluciones y protestas originadas en varios países del norte de África dieron lugar a lo que los medios no tardaron en bautizar como “primavera árabe”. Protestas laicas de índole social, en contra de las condiciones de vida despóticamente custodiadas por regímenes corruptos y autoritarios: el desempleo, la inseguridad de los ciudadanos, la falta de libertades, la alta militarización, la discriminación de la mujer o la falta de infraestructuras, entre otras muchas causas. Sistemas nacidos de los nacionalismos árabes que fueron convirtiéndose en gobiernos represores, impidiendo una oposición política que, finalmente, estalló con el vigor imparable de la nueva estación.

Dice mi mujer que ningún general asedia al adversario con tanta delicadeza como la primavera. Después de su victoria, se retira sin ruido por las rutas del verano.


IMÁGENES: Arriba, muralla de la fortaleza de San Pedro y San Pablo en Óstrov Záyachi o Isla de los Conejos, río Neva, San Petersburgo, Rusia. Abajo, flores de primavera en el Pirineo Aragonés.

sábado, 16 de marzo de 2013

Cómo sobrevivir en un aeropuerto

Conozco más aeropuertos que ciudades. Aeropuertos de paso en ciudades sin atractivo que no he tenido interés en visitar. En ellos llevo invirtiendo una parte importante de mi vida, alimentándome o durmiendo, leyendo o bostezando, trabajando o viendo pasar el día o, simplemente, esperando. Los aeropuertos, como las ciudades, tienen personalidad propia. Los hay cómodos y penosos, acogedores e inhóspitos, coquetos y desaliñados, enormes y recoletos, sucios, feos, descuidados, incómodos y fríos. Lo importante es conocerlos, saber lo que dan de sí, entender sus peculiaridades y distraer las horas de la mejor manera posible.

Si la espera es larga o intenta uno ahorrarse una noche de hotel, que nunca viene mal, Londres-Headthrow es el lugar correcto. El viajero podrá dormir en agradable penumbra sobre la moqueta de detrás de la puerta de la capilla que encontrará siguiendo la señalización blanco sobre azul. El lugar es seguro y existe un baño próximo donde asearse.

aeropuerto sueno

En Frankfurt, al final del pasillo que conduce a las salas VIP de las compañías, descubrí una zona de penumbra con tres o cuatro tumbonas ideales para disfrutar de un par de horas de somnoliento descanso. Eso sí, el equipaje de mano debe controlarse entrelazando un pie con la bandolera de la bolsa o los tirantes de la mochila. Dice mi mujer que exagero precauciones, pero nunca se sabe.

En Riyadh, Arabia Saudita, no hay autobuses ni pasarelas de acceso a los aviones. Uno se sienta sosegado después de obtener la tarjeta de embarque y, de pronto, la sala de espera cobra vida, se despega materialmente del edificio y comienza a desplazarse –¡milagro!– hasta justo la mismísima puerta del avión. Tan asombroso como el jardín de auténtico lujo cultivado en medio de la terminal.

aeropuerto1

Estas delicatesen no se disfrutan en otros lugares. En Guinea Ecuatorial, por ejemplo, la zona de pasajeros del aeropuerto de Malabo está vacía, o lo estaba, que a lo mejor tienen ya aeropuerto nuevo. Ni bar ni agua ni sillas donde sentarse. Me tocó pasar la noche en el suelo, con la mochila por almohada. Trabé conversación con un alemán que, como yo, viajaba a Camerún, él a la boda de su hijo. Tras soplarnos la botella de etiqueta negra que el hombre portaba en su maletín, me invitó al casamiento y sus faustos, y acepté. El día señalado, mi mejor sonrisa y yo –corbata y terno impecables– estábamos en el Akwa Palace de Douala con el temor de que no me reconociera. Me abrazó como a un amigo del alma y me hizo sentar entre los más allegados.

En otro aeropuerto cuyo nombre no citaré, viajando de África a París, me confundieron con el agregado militar de la embajada de Francia. Todo agasajos: sala de autoridades, bocaditos, bebidas, azafata… No repararon en que volaba en clase turista, inaceptable para un supuesto diplomático francés.

bangkok monje

Mi peor recuerdo corresponde al aeropuerto de Beirut, Líbano, justo al comienzo de la guerra con Israel en 1982. Imaginen a la aviación israelí bombardeando con precisión de cirujano las pistas y los hangares. Aunque respetaron la terminal civil, la onda expansiva de las detonaciones hacía volar, como cuchillos, el vidrio de las cristaleras. Hubo muchos heridos. A los ilesos nos trasladaron por carretera a Damasco, Siria, desde donde volamos a Zúrich, creo recordar.

He vuelto a Beirut varias veces. Me gusta la ciudad y me encanta cenar en la corniche. Aun así, en el aeropuerto no puedo evitar un cierto resquemor, un evidente nerviosismo, deseando encontrarme pronto arriba, volando, lejos.

Que el miedo cultiva miedo.


IMÁGENES: De arriba a abajo, echando un sueñecito; entretenidos con los aviones; monje budista en el aeropuerto de Bangkok, Tailandia, uno de los más grandes y espectaculares del mundo.