sábado, 8 de junio de 2013

Leyendas rusas: la dama de la nieve

Las primeras leyendas rusas debieron surgir mucho antes de que las tribus eslavas, dispersas entre bosques y estepas al norte de los Cárpatos, se consolidaran creando en Kiev –hoy Ucrania– el núcleo de la inmensa nación de los zares.

A diferencia de los relatos de la mitología griega o escandinava, traducidos a la mayoría de lenguas modernas, la narrativa épica de la antigua Rusia no goza de la misma popularidad. Sin embargo, las leyendas rusas poseen una gran riqueza imaginativa, sorprenden por su expresividad y desenlaces inesperados, describen muy bien el mundo interno de los personajes y aportan datos sumamente valiosos sobre la vida y costumbres de los primeros ancestros del pueblo ruso.

Las noches del invierno son largas en la gleba y el frío no concede respiro en los pueblos de la cuenca del Dniéper. Ni rusos ni ucranianos es gente de muchas palabras, pero las lenguas se desatan con el vodka omnipresente en el último claror del día, dispuestos a combatir las horas gélidas de la dilatada oscuridad.

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Hay tres leyendas que me gustan especialmente. Los gigantes de los Urales trata del amor profesado a una campesina por uno de aquellos corpulentos personajes. Matrioska, la muñeca del carpintero Serguei, hueca por dentro, con la particularidad de albergar sucesivamente, en su interior, una nueva muñeca de menor tamaño. La tercera es La dama de las nieves, una leyenda primaria, sencilla y popular, que me dispongo a narrar aquí y ahora, con la esperanza de que la disfruten.

En cualquier lugar perdido a la orilla del río más helado de Europa, donde el frío muerde como un perro rabioso, no resulta extraño que alguien nos relate, al amor de la lumbre, al crujir del fuego, las andanzas de Sgroya, la dama de la nieve, poseedora de poderes venidos de otros mundos y otros tiempos.

dama de la nieve

La leyenda la describe como una mujer joven y bella. Una hermosa devochka bien formada, alta y atractiva, con algunos rasgos poco comunes entre los eslavos: cabello azabache, piel morena y el contraste de unos ojos de increíble verde esmeralda. Se aparece a la vera de los caminos nevados, en las frías rutas de jinetes y caminantes, ofreciéndoles su amor. Una invitación irresistible por la que, de ser aceptada, habrán de pagar un precio muy alto.

Dicen que se vale de todos los recursos de seducción de una fémina para atraer a los hombres: sensual y dulce, atrevida y ardiente, capaz de insinuar placeres nunca imaginados por amante alguno.

Provocado el irreprimible deseo de sus víctimas, despojadas de su voluntad, Sgroya se convierte en hielo arrebatándoles la vida, paralizándoles el corazón con el abrazo letal de su cuerpo congelado. En ocasiones, la dama de la nieve los enamora perdidamente hasta hacerlos enloquecer, abandonándolos luego en la gleba donde acabarán devorados por las manadas de lobos.

Algunos la suponen el espíritu vengador de una mujer ofendida. Otros ven en ella una deidad femenina empleándose a fondo para castigar la conducta de los hombres infieles.

¡Tantos y sin propósito de enmienda!


IMÁGENES: Arriba, la tundra a los pies de los Urales, en los confines de Europa. Abajo, la dama de las nieves.

Existe una película checa de 1985 con título similar, “La dama de las nieves”. Su argumento no guarda ninguna relación con la leyenda rusa.

sábado, 25 de mayo de 2013

Estambul

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Esta ciudad me provoca irremediablemente el síndrome del asno de Buridán, aquella situación paradójica en la que un pollino, que siempre tenía opciones bien diferenciadas para realizar su elección, un día es colocado entre dos montones de heno de tamaño y atributos exactamente iguales. La duda lo llevará a morirse de hambre, incapaz de tomar una decisión racional sobre cuál de los dos montones será su comida. Cambien el burro por un homo semisapiens –yo mismo– y los montones de heno por cualquiera de las maravillas que colman generosamente Estambul y tendrán el cuadro completo.

Mi campo de batalla, hoy, no es competir con el borrico ni con tantas webs dedicadas a Istanbul, Bizancio o Constantinopla, misma ciudad única entre dos continentes, prodigio de contrastes, caos de color, confusión de razas y amalgama de culturas. Lo que modestamente pretendo es trasladar al lector una brevísima perspectiva oblicua –como en los libros de viajes del siglo XVIII– con la cual obtener una visión desacostumbrada de la que fuera capital de tres imperios, haciendo honor a quien honor merece.

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La Mezquita Azul –vidrieras que inventan otra luz–, Santa Sofía, el Gran Bazar, el prodigioso palacio de Dolmabahce o el de Topkapi… son lugares fácilmente accesibles si se elige un hotel adecuado. Los de la Tiyatro Cadessi o calle del Teatro nos sitúan a pasos de la parada del tranvía de Beyazit –no se necesitan taxis con lo que, de paso, se ahorrarán algún cabreo– y a tiro de piedra de todos ellos, del funicular a la plaza de Taksim y del acceso al muelle de Eminönü, desde donde iniciar un paseo en barco –me niego a llamarlo “crucero”– por el Bósforo.

Desde el café de Pierre Loti, en el Cuerno de Oro, al degüello del sol, el tono dorado de sus aguas recuerda el brillo de las joyas de las concubinas del sultán que, una vez caídas en desgracia, eran arrojadas al mar con todas sus alhajas y vestuario. Las mismísimas aguas que cruzó Jasón, con su navío Argo y sus argonautas en busca del vellocino de oro, superando las Simplégades, dos enormes rocas flotantes dispuestas a aplastar todo bajel que osara pasar entre ellas. Una singladura bien aprovechada la de Jasón: conquistó el vellocino ese, que no sé para qué coño lo quería, y se casó con Medea, simplificando la historia.

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Como Ulises, el viajero debe hacer oídos sordos a los cantos de sirena –croar de ranas más bien– de quienes ensalcen la cocina turca. Detrás de algunos extraños nombres se esconden platos corrientitos a base de verduras y carne. El testi kebab es uno de los más curiosos; un guiso que se hace en un recipiente cerámico que se rompe para servir. Los restaurantes de pescado –nada extraordinario tampoco– están al final de la Tiyatro Cadessi, descendiendo hacia la seda del mar del Mármara.

El raki, licor nacional, no es más que un anisado que se mezcla con agua, como la palomita de nuestra costa mediterránea. Si le apetece algo más exótico pruebe la boza, una bebida de densidad apreciable, llegada de Anatolia en el 400aC, que se sirve con garbanzos asados. Sabe como a natillas, nuez moscada y otras especias. El sultán Mehmed IV la prohibió en 1648 por su contenido de opio. Creo que ahora ya no lo ponen.

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El amante de los libros que casi todos llevamos dentro debería darse una vuelta por la Galeri Kayseri, un bookshop frente a la parada del tranvía de Sultanahmet. Es como una legendaria cueva de Alí Babá de la cultura turca. Llévense Portrait of a Turkish Family, de Irfan Orga y, de paso, admiren la escalera interna en espiral, del arquitecto turco Selahattin. Por esta librería, a quien la CNN y Al Jazeera dedicaron sendos documentales, han desfilado todos los famosos que en el mundo han sido, incluyendo el premio Nobel turco, Orhan Pamuk, y los reyes de Arabia Saudita. Y Marichu, y yo, y mis hijos.

Disfruten leyendo despacio estos versos memorables: “Azulejos de ensueño, de verdes y de azules, con el brillo de siglos y de gemas cautivas, tulipanes y ramos, claveles o planetas, dorados laberintos en los que se quedaron los ojos del calígrafo...”

Dice mi mujer que la belleza no está en las cosas, sino en los ojos de quien las mira.


IMÁGENES: Arriba, la ciudad desde el mar de Mármara. Centro, la impresionante Mezquita Azul. Abajo, Palacio de Dolmabahce desde el Bósforo. Más abajo, detalle interior del Gran Bazar. (Fotos de FG).

Los versos finales pertenecen al poema de José Lupiañez “El sueño de Estambul”.

sábado, 11 de mayo de 2013

Memoria rural con vacas

Una buena parte de mi adolescencia transcurrió enredada entre los caminos que serpenteaban por las praderas de mi lluvioso valle. Veredas de tierra y piedras o sencillas calzadas de asfalto o “caminos de hierro del norte de España”, como nos gustaba llamar –jactanciosos– al ferrocarril sin pretensiones que nos unía con la capital de la provincia.

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El caserío de mi abuelo se ubicaba como a la mitad de un camino rural que discurría entre dos carreteras: la de Portugalete o “carretera de arriba” y la de Bilbao o “carretera de abajo”. Nosotros vivíamos en la de arriba. Cada día recorría varias veces ese camino. Unas, en busca de la merienda que me preparaba mi tía Carmen, casi siempre a base de nata con azúcar –¡tiempos cuando la leche tenía nata!– sobre una espléndida rebanada de pan tierno. En temporada, saqueo sistemático de los árboles frutales de mi abuelo. Otras, para subir a casa la leche para el desayuno del día siguiente y, al tiempo, poner en práctica la primera de las leyes de física que me enseñó la vereda.

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El recipiente para la leche era una “lechera” o cántaro de aluminio sin tapa que me gustaba voltear a toda velocidad con el brazo extendido, admirándome de que la leche no se derramara. En alguna desgraciada ocasión el asa resbalaba de mi mano y, roto el equilibrio de fuerzas centrífuga/centrípeta –de cuya existencia no tenía yo ni idea–, la lechera salía volando varios metros antes de estrellarse contra el suelo. Triste final, como en el cuento de Samaniego. Mi padre, escasamente interesado en la evolución científica, solía remunerar mis experimentos con un par de sonoras bofetadas.

La segunda ley que me enseñó el camino –a fuerza de notar y padecer sus efectos reiteradamente– podría expresarse así:

La posibilidad p de que un cuerpo humano c de masa m se estampe
contra el suelo s,
descendiendo a la carrera por un camino de piedras,
es directamente proporcional al cuadrado de su velocidad v, es decir,

ps = mc · v2

Para mitigar los daños del inevitable impacto apenas se requería algo de agua oxigenada y un brochazo de mercromina a cargo de mi tía Mari, salvo en una desgraciada ocasión en la que tuvieron que escayolarme el brazo izquierdo. Después me caí de una higuera y el efecto g gravitacional –puto Newton– me dañó seriamente la rodilla del mismo lado. Más yeso donde escribir las genialidades de la adolescencia, fechar y firmar.

Un sendero perpendicular al camino conducía a “la cuadra”, que así llamábamos al plácido hábitat de un par de vacas holandesas en blanco y negro, opulentas ubres generosas, miembros de la familia. La más tranquila se llamaba “Estrella” y la otra “Lucera”. Dice mi mujer que el abuelo tenía poca imaginación para nombres de vacas.

En aquel establo se guardaba, para los fumadores adultos del entorno, el exiguo tabaco que permitía la “tarjeta de fumador”, una cartilla de racionamiento franquista sutilmente orientada a erradicar del imperio tan abyecta y despreciable lacra social. Nunca tuvo noción mi abuelo de que su nieto más querido hubiera descubierto el escondrijo de su pequeño tesoro: un par de cajetillas de “picado fino superior” –apestoso– y un librito de papel de fumar “zigzag”.

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Ellas fueron, las vacas, cómplices de mi incipiente vicio y testigos de mis humos iniciáticos y de mis primeras toses. El pestilente olor a bosta de vaca impregnado en mis ropas enmascaraba el incienso del cigarrillo. Toda la familia estaba asombrada de mi repentino amor por aquellos animales.

Años después leí que el tabaco era perjudicial para la salud, y dejé de leer.


IMÁGENES: Arriba, el caserío. Centro, “El parasol rojo” de Laureano Barrau. Abajo, una de las vacas del abuelo.

PREGUNTAS:
1. ¿Cuántas tetillas o pezones tiene la ubre de una vaca?
2. ¿Cuántos kg pesa aprox.?
3. ¿Cuántos litros de leche puede albergar? …
Entre los que acierten las 3 preguntas sortearé un ejemplar de mi libro “Amores pájaros” o “Katutura”, a elegir por el premiado.

sábado, 27 de abril de 2013

La visigoda

Arribó a los paisajes del Paraguay, la tierra sin mal, tras un periplo de miles de leguas sobre la mar océana, cuando las flores del tajy llevaban algún tiempo anunciando la primavera.

En los últimos decenios, el solar guaraní se había visto invadido por cultivadores de soja, recolectores de stevia, ordeñadores de vacas, menonitas, nazis, turistas sexuales y consultores internacionales llegados de aquende y allende los mares pero, desde el desembarco de Mme. Lynch, personaje alguno despertó mayor expectación que la visigoda, una ilustre dama de la Hispania Tarraconensis, de carácter fuerte, dominante e imprevisible, como corresponde a quien ha sido amamantada entre vasconum, barcinos y otras hordas belicosas del Ispanistán celtibérico.

la visigodaEl karaí-guasú previno cuidadosamente su llegada considerando todos los pormenores y detalles necesarios para satisfacer los caprichos, deseos, gustos, ocurrencias, antojos y extravagancias de la enviada, aleccionando a sus escasos súbditos sobre la necesidad de no crispar el voluptuoso ánimo, vehemente y sibarita, de la visigoda. Prodigioso, dice mi mujer, que la tribu y el karaí mismo hubieran logrado sobrevivir a las paellas estilo “reducción jesuítica” de la Taberna Española y a las secuelas sicotrópicas de la ayahuasca. Ahora, su prevalencia hasta la última luna del noveno año del nuevo milenio dependía de la extranjera.

El abrumado chamán cobijó a la enviada en un hábitat guaraní anchuroso y placentero, primorosamente amoblado por la guaranga argentina, al amparo de alimañas y depredadores. Se invocó al dios de la lluvia para pedirle que mantuviera el cielo despejado y alejara turbiones y tormentas hasta la próxima luna. A pesar de la manifiesta escrupulosidad en la selección de la posada, de la excelencia del personal a su servicio y del buen tiempo, el choque de civilizaciones resultó demasiado violento, y los desacuerdos, reproches y reprobaciones no tardaron en aparecer.

La visigoda poseía un infrecuente artilugio al que llamaba notebook, funcionando mediante su enlace a un fluido de electrones que se evidenció de conexión imposible, debido a discordancias de normalización. Las lucernas del habitáculo renovaban la atmósfera permitiendo la entrada de una suave brisa boreal que, sin embargo, resultó altamente molestosa para la dama. Su extenso vestuario tampoco encontró una ubicación adecuada en el aposento, escaso en perchas y nulo en paragüeros, y su alimentación resultó complicada por las exigencias de la joven, reclamando con obstinada insistencia vituallas desnatadas y víveres bajos en calorías, desconocidos en la exigua cultura gastronómica guaraní modestamente alineada con la mandioca, la chipa y el tereré.

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Así fueron pasando días de desazón, tormento, congoja y cruz para la tribu. Una mañana anunció su deseo de visitar Yguazú, la catarata abierta en la piedra por el golpe de lomo de la monstruosa serpiente Mbói para impedir la huida del cacique Tarova y su amante Naipí. Rodeada de leyenda y en un paisaje de exuberante naturaleza, la señora mudó su carácter. La música del agua y la presencia de loros multicolores, yurumíes, monos, lémures y felinos tranquilizaron a la enviada.

Solo cuando la visigoda embarcó en el vuelo de la TAM con destino a la remota Godilandia, el karaí respiró profundamente aliviado y celebró el acontecimiento entregándose al sexo, alcohol y desenfreno durante siete días con sus siete noches, decretando para su pueblo otras tantas jornadas de feriado nacional.

O así o alguna menos, que ya no recuerdo bien.


IMÁGENES: Arriba, fragmento de la portada del libro “La visigoda”, de Isabel San Sebastián. Abajo, cataratas de Yguasú (foto FG).

sábado, 13 de abril de 2013

Moleskine

Hace ya algunos años, en manos de mi querido amigo José María, descubrí una inusual libreta de notas que despertó mi curiosidad, encuadernada en negro riguroso y cerrada con una cinta elástica del mismo color. Me pareció ideal para llevarla de viaje: sencilla, resistente y cómoda. Conseguir una de aquellas libretitas tenía entonces un cierto atractivo, porque apenas se las podía encontrar en muy contadas papelerías importantes. Terminé por hacerme adicto a su uso para todo tipo de apuntes y dibujos, captar detalles y asentar experiencias. Durante algún tiempo, resolvieron mis regalos de cumpleaños y aún habrá por ahí alguna periodista amiga que, como yo, no encuentre el modo de prescindir de ella. Hoy, generalizadas, han perdido parte de su glamour, pero siguen siendo las libretas de notas mejores y más selectas que conozco. Lo habrán adivinado: son las Moleskine.

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Un objeto anónimo y perfecto en su esencialidad, producido durante más de un siglo por una pequeña empresa familiar en Tours, Francia, que abastecía a las papelerías de París, donde se daban cita las vanguardias artísticas y literarias internacionales. El legendario cuaderno fue utilizado durante los dos últimos siglos por personajes de la talla de Van Gogh, Picasso, Hemingway o Chatwin, hasta que el fabricante falleció y la libreta dejó de fabricarse. “Le vrai moleskine n’est plus”, fue el anuncio lapidario.

moleskine trazosPara Chatwin, era tan importante que el escritor fijaba una recompensa en su primera página, incentivando su devolución en caso de pérdida. En Los trazos de la canción, una de sus obras más famosas, narra la historia de este pequeño cuaderno negro, sinónimo de cultura, aventura y nomadismo. Con su estilo seco y lapidario, el libro describe un viaje por Australia en busca de los trazos de la canción, un concepto ciertamente difícil de explicar. Según Chatwin, cada territorio, cada camino, cada accidente del terreno, están descritos en una trova aborigen: un cruce entre un mito de la creación, un atlas geográfico y una historia personal. Y esa canción de cada tribu, de cada familia, marca los límites, las fronteras, la propiedad... Identifica el terreno y permite poseerlo. Perder la canción es perderlo todo.

Dice mi mujer que se trata de una obra anárquica en su estructura: algo de tratado de antropología, mucho de libro de viajes, con frecuentes salpicaduras de pensamientos filosóficos, propios o ajenos, sacados de las notas de su Moleskine. A veces caótico y a veces brillante, sobre todo en la descripción de los personajes con los que se va cruzando, a quienes logra definir en pocas palabras con una precisión casi fotográfica.

El cuadernito refuerza la imagen del viajero romántico: “Dejad que vuestro espíritu aventurero os empuje a descubrir y escribir del mundo que os rodea con sus rarezas y sus maravillas. Descubrirlo será amarlo”, en palabras del poeta libanés Kahlil Gibran.

Con la edad, aparte de apreciar el vino tinto con progresiva adicción, se relativizan muchas cosas. Moleskine me parece un acumulador de ideas y de emociones no relativizables que va liberando su carga a lo largo del tiempo, trocando el contenido en notorias imágenes o en páginas de libros admirados.

Una pequeña editorial italiana devolvió la vida a la mítica libreta. Un símbolo de la antigua práctica de los cuadernos de campo, del apunte y del boceto, que ha vuelto con fuerza para recuperar su espacio frente a un mundo de agendas digitales, dispositivos móviles y teléfonos más o menos inteligentes.

Con la ventaja de que no necesita cargador ni actualizaciones del software.


IMÁGENES: Arriba, Moleskine clásica. Centro, portada del libro de Chatwin. Abajo, anotaciones de viaje sobre una Moleskine.

sábado, 30 de marzo de 2013

Primaveras

En cuanto la temperatura “sube” hasta los cero grados y amanece el primer día discretamente soleado, se considera que el general invierno –como llaman en Rusia a la interminable estación fría– ha sido derrotado. Para las féminas supone el advenimiento más o menos oficial de la primavera y el momento de tomar los primeros baños de sol, elusivo y escaso por estas latitudes.

La muralla de la fortaleza de San Pedro y San Pablo, en San Petersburgo, es un lugar habitual para exponer al sol los blancurrios y lechosillos cuerpos de las peterburguesas, tras largos meses de oscuro frío insoportable. Todo está permitido: por abajo bikini, tanga, culote… y a media altura, corpiño, sostén, brasier… Todo vale, aunque no puedan desprenderse del abrigo de piel, necesario para apoyarse contra la pared porque la piedra está helada y el suelo cubierto de nieve. La gente invade parques y jardines y la vida reaparece con el júbilo del primer verdor.

Al anochecer, las mujeres acuden a las discotecas a lucir su nuevo look. A mí me gusta tomar un vodka bien frío en el Strelka, un lugar algo cutre en la Isla de los Conejos –no se rían, que el nombre es cierto–, con piso de madera de ese que cruje al caminar. La música es agradable y suena a los decibelios adecuados. No suele faltar algo de latino o celta con lo mejor del folk ruso, excelente fondo para una conversación romántica si se tercia.

A medio globo terráqueo de distancia, en México, la llegada de la primavera azteca se celebra el 20 o 21 de marzo. Cientos de personas ascienden a la cima de la Pirámide del Sol, la tercera más grande del mundo, para recibir al astro rey en su equinoccio del hemisferio norte.

En las Islas Británicas, durante el segundo sabbat del año celta, la luz va dominando a la oscuridad. Los druidas hacen sonar una enorme bocina para despertar a la tierra que albergará la semilla. Con la inestimable ayuda del sol, la luz y el calor que la hace germinar, la fuerza de ambos propiciará que nazca una nueva esencia, una nueva vida: la resurrección del mundo.

Flores de primavera

En otro lugar del planeta, al norte de Canadá, la llegada de la primavera marca el momento del año elegido por los inuit de Kangiqsujuaq para ir en busca de los apreciados mejillones, que les permiten variar su dieta después de un largo invierno sin opciones. Es una tarea peligrosa. Durante las horas de marea baja, perforan un agujero en el hielo para introducirse en el mar glacial, donde recogen todos los moluscos que pueden, saliendo a la superficie antes de que vuelva a subir la marea. La principal dificultad consiste en encontrar, desde la negrura de abajo, la luz del agujero por donde entraron.

Mucho menos seductora que las primaveras anteriores, las revoluciones y protestas originadas en varios países del norte de África dieron lugar a lo que los medios no tardaron en bautizar como “primavera árabe”. Protestas laicas de índole social, en contra de las condiciones de vida despóticamente custodiadas por regímenes corruptos y autoritarios: el desempleo, la inseguridad de los ciudadanos, la falta de libertades, la alta militarización, la discriminación de la mujer o la falta de infraestructuras, entre otras muchas causas. Sistemas nacidos de los nacionalismos árabes que fueron convirtiéndose en gobiernos represores, impidiendo una oposición política que, finalmente, estalló con el vigor imparable de la nueva estación.

Dice mi mujer que ningún general asedia al adversario con tanta delicadeza como la primavera. Después de su victoria, se retira sin ruido por las rutas del verano.


IMÁGENES: Arriba, muralla de la fortaleza de San Pedro y San Pablo en Óstrov Záyachi o Isla de los Conejos, río Neva, San Petersburgo, Rusia. Abajo, flores de primavera en el Pirineo Aragonés.

sábado, 16 de marzo de 2013

Cómo sobrevivir en un aeropuerto

Conozco más aeropuertos que ciudades. Aeropuertos de paso en ciudades sin atractivo que no he tenido interés en visitar. En ellos llevo invirtiendo una parte importante de mi vida, alimentándome o durmiendo, leyendo o bostezando, trabajando o viendo pasar el día o, simplemente, esperando. Los aeropuertos, como las ciudades, tienen personalidad propia. Los hay cómodos y penosos, acogedores e inhóspitos, coquetos y desaliñados, enormes y recoletos, sucios, feos, descuidados, incómodos y fríos. Lo importante es conocerlos, saber lo que dan de sí, entender sus peculiaridades y distraer las horas de la mejor manera posible.

Si la espera es larga o intenta uno ahorrarse una noche de hotel, que nunca viene mal, Londres-Headthrow es el lugar correcto. El viajero podrá dormir en agradable penumbra sobre la moqueta de detrás de la puerta de la capilla que encontrará siguiendo la señalización blanco sobre azul. El lugar es seguro y existe un baño próximo donde asearse.

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En Frankfurt, al final del pasillo que conduce a las salas VIP de las compañías, descubrí una zona de penumbra con tres o cuatro tumbonas ideales para disfrutar de un par de horas de somnoliento descanso. Eso sí, el equipaje de mano debe controlarse entrelazando un pie con la bandolera de la bolsa o los tirantes de la mochila. Dice mi mujer que exagero precauciones, pero nunca se sabe.

En Riyadh, Arabia Saudita, no hay autobuses ni pasarelas de acceso a los aviones. Uno se sienta sosegado después de obtener la tarjeta de embarque y, de pronto, la sala de espera cobra vida, se despega materialmente del edificio y comienza a desplazarse –¡milagro!– hasta justo la mismísima puerta del avión. Tan asombroso como el jardín de auténtico lujo cultivado en medio de la terminal.

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Estas delicatesen no se disfrutan en otros lugares. En Guinea Ecuatorial, por ejemplo, la zona de pasajeros del aeropuerto de Malabo está vacía, o lo estaba, que a lo mejor tienen ya aeropuerto nuevo. Ni bar ni agua ni sillas donde sentarse. Me tocó pasar la noche en el suelo, con la mochila por almohada. Trabé conversación con un alemán que, como yo, viajaba a Camerún, él a la boda de su hijo. Tras soplarnos la botella de etiqueta negra que el hombre portaba en su maletín, me invitó al casamiento y sus faustos, y acepté. El día señalado, mi mejor sonrisa y yo –corbata y terno impecables– estábamos en el Akwa Palace de Douala con el temor de que no me reconociera. Me abrazó como a un amigo del alma y me hizo sentar entre los más allegados.

En otro aeropuerto cuyo nombre no citaré, viajando de África a París, me confundieron con el agregado militar de la embajada de Francia. Todo agasajos: sala de autoridades, bocaditos, bebidas, azafata… No repararon en que volaba en clase turista, inaceptable para un supuesto diplomático francés.

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Mi peor recuerdo corresponde al aeropuerto de Beirut, Líbano, justo al comienzo de la guerra con Israel en 1982. Imaginen a la aviación israelí bombardeando con precisión de cirujano las pistas y los hangares. Aunque respetaron la terminal civil, la onda expansiva de las detonaciones hacía volar, como cuchillos, el vidrio de las cristaleras. Hubo muchos heridos. A los ilesos nos trasladaron por carretera a Damasco, Siria, desde donde volamos a Zúrich, creo recordar.

He vuelto a Beirut varias veces. Me gusta la ciudad y me encanta cenar en la corniche. Aun así, en el aeropuerto no puedo evitar un cierto resquemor, un evidente nerviosismo, deseando encontrarme pronto arriba, volando, lejos.

Que el miedo cultiva miedo.


IMÁGENES: De arriba a abajo, echando un sueñecito; entretenidos con los aviones; monje budista en el aeropuerto de Bangkok, Tailandia, uno de los más grandes y espectaculares del mundo.

sábado, 2 de marzo de 2013

La fiera de mi niña

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La casualidad está llena de encantos. Nos da, casi siempre, lo que nunca se nos hubiera ocurrido pedir. La tarde en la que andaba concluyendo la pequeña historia de un guepardo llamado Manlik –el animal más inteligente que he conocido- para mi blog de Makalali, justamente esa tarde proyectaban en la tele la película “La fiera de mi niña”, una comedia de 1938 en la que un joven leopardo de nombre Baby enmaraña aún más el enredo tejido entre los dos inolvidables protagonistas.

El tiempo le ha restado atrevimiento y hace bien evidentes las deficiencias que, con encono, señalaron sus detractores. Pero le ha conferido encanto. Y el encanto es cuestión de fe, de margaritas en la cabeza. Como las que tenía yo cuando la vi por primera vez.

cien-figuras-espanolasPor aquellos años de adolescente, íbame culturizando poco a poco en la escuela pública –el “colegio” era cosa de ricos– a base de machacar la “Enciclopedia Bruño” para la adquisición de conocimientos y “Cien figuras españolas” en plan prácticas de lectura en vivo. Niños y niñas nos adiestrábamos en clases separadas, pero la cosa nunca me pareció criterio represivo sino virtuoso. Supe valorar este distanciamiento como el necesario trayecto temporal que desembocaba, cada día, en la maravillosa media hora del recreo.

A las once en punto de la mañana, aquella mal llamada zona deportiva de mi pueblo se llenaba de valquirias y héroes de leyenda. Ellas –cenicientas infantiles con sus alegres coletas y sus falditas multicolores– sobre el piso de cemento del frontón, saltando a la comba o a la rayuela, que dice mi mujer que es el juego más incombustible del mundo. Ellos –nosotros– en el campo de futbol, dedicados a patear un balón o a emular batallas del Capitán Trueno o el Guerrero del Antifaz.

A veces, unos y otras, hacíamos incursiones en el territorio del sexo contrario y, poco a poco, fuimos conociendo rincones habitados por nombres tan bellos como Begoña, Emma o Arancha. Y sucedió que cada uno de nosotros se enamoró de una de aquellas chiquilinas.

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La vida nunca volvió a ser igual. Por las tardes nos juntábamos para garabatear desesperadas misivas a la hermosa criatura de nuestros sueños. Eran cartas en las que escribíamos cada letra de un color distinto, utilizando mi cajita Alpino de 12 lápices de colores. Así, rellenábamos hojas y hojas con un “te quiero Begoña” –o Arancha o Emma- multicolor, rematado con un corazón grande y rojo, deformado a menudo por nuestro infantil pulso de enamorados.

Recuerdo muy bien aquellas cartas. Y recuerdo también cuando, por aquel tiempo, pusieron “La fiera de mi niña” en la recién estrenada televisión española. Me enamoré de Susan (Katharine Hepburn) en blanco y negro, de su alocado personaje, de sus ansias de vivir. Imaginaba yo que Begoña, de mayor, sería como ella y que tendríamos un leopardo por mascota, o un dinosaurio, los dos muriéndonos de risa.

Begoña es hoy una antropóloga de prestigio, está casada y gorda y tiene dos hijos, y yo guardo aún, entre mis mejores recuerdos, los restos inutilizables de la cajita Alpino de 12 lápices de colores, y me emociono cuando “La fiera de mi niña” ilumina de nuevo la pantalla de mi televisor de plasma.

Nos falló el dinosaurio. Se extinguieron.


IMÁGENES: Arriba, fotograma publicitario de la película. Centro, portada de un libro de lectura de la época. Abajo, hoy como ayer, en todo el mundo (la foto está tomada en Camboya), las niñas siguen saltando a la comba.

Para cinéfilos, aquí dejo minuto y medio del tráiler original.

La fiera de mi niña.

sábado, 16 de febrero de 2013

Xin nián kuài lè

Un cigarro en una mano, una caja de petardos en la otra y a correr. Son las cero horas del 10 de febrero de 2013 en el país inventor de la pólvora.

Con casi mes y medio de retraso sobre la fecha del año nuevo de nuestro calendario gregoriano, los chinos celebraron la llegada del suyo, bajo el signo de la serpiente. Nada menos que el 4711 de su particular calendario lunar, iniciado el 2697aC, basado en ciclos de doce años representados por los doce animales que, según la leyenda, participaron en la carrera para asistir al banquete organizado por el Emperador de Jade. Gracias a su astucia, el primero fue la rata, que engañó al buey al cruzar un río sobre su lomo y se adelantó al tigre, al conejo, al dragón y a la serpiente, sexto animal del horóscopo chino.

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Aunque la mayor parte de los occidentales tenemos la idea de que la serpiente es un bicho harto sibilino y peligroso, en Oriente los nacidos bajo su influencia son considerados inteligentes, encantadores, apasionados, elegantes, misteriosos y muy familiares. El yin y el yang: pueden pecar, a veces, de orgullosos, pedantes, engreídos y vanidosos. Dice mi mujer que nadie es perfecto.

Son serpientes todos los nacidos en 1941, 1953, 1965, 1977, 1989 y 2001. Destacan el cantante surcoreano Psy, que seguirá disfrutando del éxito global que le ha traído su estúpido baile del caballo, la actriz Jessica Parker, protagonista de “Sexo en Nueva York”, y el nuevo secretario general del Partido Comunista Chino, Xi Jinping, que en marzo relevará a Hu Jintao como presidente del país. ¡Ah! Y yo.

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Mientras se preparan para lo que les depare el nuevo año, cientos de millones de chinos –3.200 millones de desplazamientos, según las autoridades– se movilizan hacia sus lugares de origen para despedir al dragón con sus familias y recibir a la serpiente con un copioso banquete. La cena tradicional estará compuesta por pescado –que en chino se pronuncia yu, igual que “abundancia” – y cerdo para traer riqueza y buena suerte al hogar y, sobre todo, por dumplings, unas deliciosas empanadillas de masa dulce rellenas de carne, verdura o marisco. En ciertas regiones, lenguas de pato, brochetas de serpiente, medusa y huevos milenarios, también llamados centenarios o del dragón que, obviamente, no son ni lo uno ni los otros: simples huevos de pato enterrados en ceniza y cal o sumergidos en orina de caballo durante unas semanas.

Las casas se engalanan con chun lian o “coplas de primavera”, unas tiras rojas de papel con bellos caracteres chinos que recogen palabras de felicidad y buenos deseos como “prosperidad”, “longevidad” o “riqueza”. A los niños se les reparten hong pao, sobres rojos llenos de billetes de escaso valor cuyo importe, para dar buena suerte, siempre debe ser par, excluyendo, eso sí, al número cuatro, asociado con la muerte. En los días previos, las familias se han dedicado de lleno a la limpieza de la casa, tirando los objetos inservibles y dejando todo impoluto para no tener que fregar en los seis días posteriores al año nuevo, evitando así que las escobas barran la buena suerte que les aportan sus ritos milenarios.

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El tercero y cuarto día del año las nueras y yernos agasajan a sus suegros. Luego toca visitar los templos budistas y a los amigos y vecinos para intercambiar los buenos deseos del gong xi fa cai, que significa “felicitaciones y prosperidad”. El estruendo de la pólvora y las danzas de máscaras de dragones que inundan las calles se encargan de ahuyentar a los malos espíritus.

El decimoquinto día, la fiesta de las linternas pone fin a las celebraciones. Los niños salen de noche a los templos con faroles de papel y bambú a resolver los enigmas o adivinanzas que contienen. Luego los sueltan, inundando de luz el cielo nocturno. Es un momento propicio para realizar peticiones de amor, por ser la primera luna llena del nuevo año.

Si le apetece presumir de políglota y felicitar a los camareros chinos de ese restaurante chino que tiene cerca de casa, puede utilizar la expresión xin nián kuài lè que quiere decir, precisamente, feliz año nuevo.


IMÁGENES: Arriba y centro, desfile de año nuevo, danzante y dragón. Abajo, “the lantern festival”. 

En caracteres chinos, “feliz año nuevo” (más o menos):

año nuevo letras

Para conocer detalles del calendario y la astrología chinas pulsar sobre cada palabra.

sábado, 2 de febrero de 2013

Formación del Espíritu Nacional

Durante aquellos memorables años de la década de los 60 –imaginen a Franco en el poder y España quinta potencia mundial en el ranking de países industrializados–, en aquellos años, digo, andaba yo esforzándome por sacar adelante mis estudios de bachillerato, imprescindibles para acceder a la universidad.

El plan de estudios de la época incluía una asignatura de “Formación del Espíritu Nacional” o FEN que tratábamos de aprobar sin dar un palo al agua, cada uno con su particular método raramente falible. Se orientaba la cosa, nada más y nada menos, que a conseguir “un espíritu nacional fuerte y unido e instalar en el alma de las futuras generaciones, la alegría y el orgullo de la Patria, de acuerdo con las normas del Movimiento y sus organismos.” [1]

FEN 2“Hacer de España una, grande y libre es nuestra empresa” [2], titulaba una de las lecciones del libro que, casi milagrosamente, he logrado recuperar. Entresaco este primoroso apólogo: “Ningún resplandor iguala el esplendor de nuestra historia. Una sola región, Aragón, bastó para conquistar el Mediterráneo, y otra, Castilla, para descubrir América. Cuando se unieron en dichosa conjunción bajo el cetro de los Reyes Católicos y dieron a luz a España, el mundo presenció el espectáculo sin igual de dos grandes epopeyas llevadas a cabo por unos mismos héroes…” [3]

La izquierda presuntamente progresista ha denigrado la FEN durante décadas con todos los calificativos despreciables que imaginarse pueda. Sus diatribas no han podido evitar que la historia se repita. La Formación del Espíritu Nacional franquista es ahora la Formación del Espíritu Nacional… ista, una retahíla de sucesos del pasado enhebrada con singular torpeza, supina ignorancia y turbadora insolvencia intelectual que nadie en sus cabales puede tomarse en serio. Lean.

“Yo soy catalán, contento y conmovido porque Cataluña ha sido la nación más grande del mundo. Cataluña tuvo el primer parlamento, mucho antes que Inglaterra, y fue en Cataluña donde hubo un principio de Naciones Unidas.” [4]

Aseguran que el aragonés universal Miguel Servet era catalán porque Villanueva de Sigena, lugar donde nació el científico, “es una población catalana de administración aragonesa.” [5] ¡Toma ya!

FEN 3 Pedro III

Otras mentiras histéricas airean que el embrión de la Corona de Aragón estuvo en Cataluña, en el linaje catalán de la casa condal de Barcelona [6], y que Cataluña descubrió América: “Sólo la constante voluntad de aniquilar la memoria histórica catalana por parte de los españoles explica la tergiversación de la nacionalidad de Cristóbal Colón haciendo creer que era genovés.” [7]

Hay cosas peores. Racismo duro. Esto escribió el honorable –es un decir– Jordi Pujol: “El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico, destruido, poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y que vive en un estado permanente de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual.” [8]

¿Y los vascos? Un sacerdote euscaldún pontifica sobre el Rh negativo: “…un tesoro que el Creador nos ha ofrecido a los vascos, una sangre limpia, sin el Rh positivo sanguíneo del mono, sangre pura que nos diferencia de todas las demás razas del mundo y que, por herencia, la venimos recibiendo desde hace cincuenta mil años antes de Cristo y nos cataloga como los primeros habitantes de Europa.” [9]

Sabino Arana, arma de destrucción intelectual masiva, padre del nacionalismo vasco, fanatiza: “La fisonomía del vasco es inteligente y noble; la del español inexpresiva y adusta. El vasco es de andar apuesto y varonil; el español, o no sabe andar o, si sabe, es un andar afeminado. El vasco es nervudo y ágil; el español es flojo y torpe…” [10] Vamos, antropopiteco puro.

Dice mi mujer que, FEN versus FEN, prefiere la versión original. El orwelliano Ministerio de la Verdad [11] debió ser cosa inane si se compara con las patrañas, falacias y mistificaciones del nacionalismo contumaz.

“Cosas veredes, Sancho amigo, que farán fablar las piedras”.


IMÁGENES: Arriba, portada de un libro de FEN de 1953. Abajo, fragmento de un retrato del rey Pedro III de Aragón, cocinado y rebautizado oficialmente por la Generalitat de Cataluña en 2009 como rey Pere II.

FUENTES CONSULTADAS:

[1] Decreto sobre la Formación Política del 29 de Marzo de 1944.
[2] FEN, El Movimiento Nacional, Curso I, 1953, p. 101.
[3] Ibíd. p. 105.
[4] Medi Social y Cultural, Ed. Primaria, Cicle Mitjà 4, 1993, p.145.
[5] Institut Nova Història, 2013,
http://www.inh.cat.
[6] Generalitat de Catalunya, 2013,
http://www.gencat.cat/catalunya/cat/coneixer-historia.htm
[7] Catalonia Tours, 2013, http://www.cataloniatours.cat/es/reialesa.htm.
[8] L’emigració. Problemes i esperança de Catalunya, Nova Terra, 1976.
[9] El Rh negativo de los vascos, Domingo Jaca Cortagerana, 1991.
[10] Inguruaren Ezaguera, 1º Educación Primaria, Ed. Ibaizábal, 2001, p. 334.
[11] 1984, George Orwell, 1949, http://es.wikipedia.org/wiki/1984_(novela)

Algunas referencias están tomadas del libro La España raptada, de Pedro Antonio Heras, Ed. Áltera, Barcelona, 2009.