En una diminuta isla de las Pequeñas Antillas del Caribe, en una sencilla casita de vivos colores, modesta y limpia, habitaba Madame Charité con sus siete hijos y ningún marido, sobreviviendo con la sapiencia heredada genéticamente de sus antepasados africanos y sus abuelas caribeñas, como un fragmento de la historia cotidiana del lugar.
Resultaba difícil no verla. Su cuerpo, espectacularmente alto y grande, en torno a unas doscientas libras que gustaba vestir de blanco, turbante incluido, con elegante coquetería. Su busto, una cama de matrimonio y sus caderas una plaza de toros donde debieron celebrarse inolvidables corridas. Dicen que la primera fue a cargo de un ingeniero francés que la sedujo en un rincón de la plantación y le dejó el primer recuerdo de carne y hueso. Luego vinieron otros amantes y otros hijos hasta completar la cifra cabalística: siete como los siete días de la semana o las siete notas musicales o los siete pecados capitales o los siete colores del arcoíris. Así eran los chicos: de todos los tonos de piel, caras, tamaños y color de ojos imaginables.
No tenía apuro en la vida. En momentos de mucha necesidad, sus siete hijos se repartían entre las familias donde se olían cocinados de cerdo o de pargo a la criolla o de cualquier otra cosa comestible. Felizmente, esos tiempos habían pasado. A fuerza de trabajo, honradez y dedicación en cuerpo y alma a la United Fruit, consiguió un puesto de supervisora, como anunciaba la chapa dorada que lucía con orgullo en el lado izquierdo de su impecable y abultado delantal.
Un aciago lunes llegó a la plantación el nuevo capataz, es decir, el supervisor de las supervisoras, mal encarado y feo como para hacer llorar a las cebollas. En el primer cruce de miradas, Madame Charité tuvo la convicción de que aquel sapo le iba a hacer la vida imposible, pero la peculiar parsimonia de la mujer era directamente proporcional a su cordura, sabiendo que el que manda, manda, y que sería mejor no provocarle y tener la fiesta en paz.
Entre amagos de prepotencia de él y soberbia impasible de ella fueron pasando los días, hasta que una tarde, el capataz ordenó a Madame Charité que le sirviera un café. Todas las miradas de sus compañeras se volvieron alternativamente del uno a la otra, avizorando la tormenta bajo techo que no tardó en estallar. La supervisora se negó, haciendo valer su condición de tal: “No te equivoques conmigo, boss”, replicó, y continuó haciendo su tarea como si tal cosa. La indiferencia de la mujer desencadenó una retahíla interminable de gritos y amenazas que no consiguieron doblegar aquel orgullo femenino amasado en años de penuria y olor a banano.
El capataz puso los hechos en manos del patrón quien, a su vez, los elevó a conocimiento del juez, el cual dispuso la presencia inmediata de la rebelde frente a su señoría. Madame Charité llegó al juzgado con su traje y turbante impecablemente blancos, flanqueada por sus siete hijos, alegando que no tenía dónde dejarlos, bañados y repeinados para la ocasión. Se sentaron todos en un banco largo y, cuando el reloj de la iglesia dio las siete campanadas de la tarde y el juez se disponía a hablar, la mujer miró a sus hijos y les dijo suavemente: “Ya”. La confusión se apoderó de la sala y todo se anegó de lloros, gritos, pataletas: “¡Mamá, tengo hambre!”, “¡Mamá, me meo!”, “¡Mamá, tengo sed!”, “¡Mamá, caca!”, “¡Mamá, me duele!”…
Incapaz de continuar con aquella insoportable algarabía, el juez concluyó que enfrentarse a un capataz maleducado y feo no era tan grave y, en previsión de mayores males para la integridad de su juzgado, ordenó a Madame Charité, a quien conocía bien, que saliera inmediatamente de la sala con sus hijos y que no se le ocurriera nunca más aparecer por allí. Y así aconteció.
Al capataz le mudaron de isla y no se le volvió a ver por la plantación. Volvieron las aguas a su cauce y Madame Charité a sus tareas de supervisora y al cuidado de su numerosa prole.
Ínclitas razas ubérrimas…
IMÁGENES: Arriba, en una de estas casitas de colores vivía Mme. Charite. Abajo, retrato de una supuesta Mme. Charité, pintado por la artista canaria Julia A. Chillón.
Hay frases célebres, como en todos tus textos. Me encantaron: "...le dejó el primer recuerdo de carne y hueso", "...apuro en la vida", "...para hacer llorar a las cebollas".
ResponderEliminarEncantada de leer la historia de Mme. Charite. Increíblemente sencilla sensata y sublime .
ResponderEliminarAtentamente tu amiga del Ebro.
Es sábado y he entrado a tu infaltable aporte y conocimiento compartido, que por supuesto y dado que me conoces esta vez me encantó por demás.
ResponderEliminarEstoy en Asunción trabajando y por supuesto los momentos compartidos presentes.
Cariños desde aquí
Qué querés que te diga! SIMPLEMENTE ESPECTACULAR. Se lo reenvié a mi hija que es especialista en políticas de desarrollo y género egresada de la London School of Economics. Seguro le encantará como a mí, en lo literario, la historia y la enseñanza.
ResponderEliminarUn abrazo.
Quería tan solo precisar, que la muralla china no se puede ver desde la luna. Es un mito. Te paso este link para tu conocimiento: http://curiosidades.batanga.com/3850/la-gran-muralla-china-es-visible-desde-el-espacio
ResponderEliminarUn abrazo,
Álvaro
Gracias por tus maravillosos y siempre interesantes artículos.
ResponderEliminarLa historia de Madame Charité es un encanto y la verdad que me sacó lágrimas de emoción la lectura de tu texto.